
A mediados de agosto no toca descansar en un banco con un vaso de compota, sino trabajar a toda máquina para quienes tienen huerto. Los riegos y pinzamientos de rutina ya no bastan: si no estamos atentos ahora, todo el trabajo del verano puede irse al garete. Esto es lo que hay que hacer, y deprisa: dentro de un par de semanas, toda esta maratón agrícola habrá perdido el sentido.
Por estas fechas, el puerro es como un adolescente desgarbado: crece hacia arriba, pero la parte blanca se queda cada vez más corta. Para disfrutar de un tallo largo y tierno hay que aporcarlo. No amontone una montaña de tierra de una sola vez: es mejor hacerlo en varias tandas, de 5–7 cm cada una, para no llenar de barro el espacio entre las hojas. Si lo plantó en surcos, basta con ir cubriéndolos poco a poco. En un bancal llano, resulta práctico formar un caballón por ambos lados.
El apio exige un trato personalizado, como dos hermanos gemelos. El apio nabo no se debe cubrir hasta las hojas; de lo contrario, en vez de raíces crecerán barbas peludas. Al apio de pencas, en cambio, hay que atarle los tallos en un manojo unas semanas antes de la cosecha y envolverlos en papel o cartón, dejando la parte superior al aire. De lo contrario, se acumulará humedad dentro y acabará teniendo una bodega en vez de un tallo.
Se recomienda recoger los melones, que ponen a prueba la resistencia al clima de Rusia central, un poco antes si se acercan los fríos. Pero no se haga ilusiones con el sabor: un melón verde no se volverá dulce. La coliflor es una dama caprichosa; córtela antes de que la cabeza deje de estar compacta y empiece a deshacerse, o su calidad se evaporará como el sueldo después de las vacaciones.
La calabaza no soporta las prisas: hay que quitar sin contemplaciones los nuevos frutos cuajados, porque no se convertirán en calabazas decentes antes del otoño. Después de recoger el último fruto, deje un par de hojas: todavía le servirán para alimentarlo. Cortar la guía justo junto al pedúnculo es un error del que luego se acordará en la cocina.
Con las judías es aún más fácil: deje que las vainas destinadas a semilla maduren en la planta, pero vigile que no las sorprenda la lluvia y acaben soltando la preciada cosecha en el suelo. ¿Se ponen amarillas? ¿Parecen pergamino? Corte la planta entera y séquela bajo techo. Y ponga una tela debajo para no tener que recoger los granos desperdigados por toda la zona.
La sandía es una embaucadora: un pedúnculo seco no garantiza que esté madura; quizá simplemente esté enferma o haya pasado demasiado calor. Hay que comprobarlo todo a la vez: el zarcillo debe estar seco, la parte apoyada en el suelo, amarillenta; la piel, más mate, y el sonido al golpearla, sordo, sin tintinear como un metal precioso.
En agosto, el huerto no da para contemplaciones estéticas: toca luchar sin cuartel por las hortalizas, entre el tiempo, las plagas y la neurosis de los jardineros. Cada una exige su propia sesión de terapia profesional: al puerro hay que aporcarlo por etapas, con la precisión de un cirujano, o acabará uno con un tallo ridículo. El apio pone condiciones: te pasas cubriéndolo y obtienes una barba de Papá Noel en vez de una raíz. Los melones y las sandías, como hermanos mayores de los pepinos, unas veces maduran y otras enferman; las señales son tan claras como las indirectas en una reunión familiar: no basta con el rabito, también tienen que cuadrar la parte apoyada en el suelo y el sonido.
Solo valen las coles compactas; las sueltas, directas a la basura, o todo el verano habrá sido en vano. A las judías les gusta la paciencia: hay que dejarlas secar en la mata hasta que parezcan pergamino. Si las quitas antes, te quedarás sin cosecha, como el protagonista de una comedia amarga de casa de campo. La calabaza no soporta las prisas: elimina sin piedad los nuevos frutos cuajados y deja con cariño un par de hojas junto a los viejos. Te equivocas y se acabó: adiós a las tartas y las compotas.
Todo este agotador negocio hortícola no es para pusilánimes. Si no llegas a tiempo, en vez de morder nueces te morderás los codos. Cada cosa en su momento, con energía y con ironía. El huerto exige precisión; si no, la vecina con su calabaza de plástico volverá a ganar en producción.