
Es bien conocido mi desmedido entusiasmo por los bolsos caros —Birkin, Chanel, Dior— que hacen suspirar a todas las cazadoras de moda del mundo. En Instagram, las fotos se suceden con un look tras otro: el bolso es el protagonista sobre un fondo empolvado, porque en la moda no solo importa el estilo, sino también el estatus. Cada foto suma miles de «me gusta» y comentarios envidiosos.
Pero poca gente sospecha que mi corazón no pertenece en absoluto a los accesorios de piel que cuestan una fortuna. Mi principal fetiche no está en la estantería de una boutique de subastas, sino en el zapatero. Ahí es donde pongo mis emociones más intensas y gasto la mayor parte del presupuesto. Para mí, los zapatos son como un segundo aire. Mi colección ocupa unos cuantos metros cuadrados de mi minipiso: hay tacones de vértigo de Manolo Blahnik, deportivas estrafalarias y zapatos de salón vintage heredados de mi bisabuela.
¿Que para qué tantos pares de zapatos si podría comprar otro bolso raro? Muy sencillo: el calzado no se limita a completar el look, sino que dicta cómo te sentirás durante todo el día. ¿Quieres sentirte como una mujer fatal? Ponte unos tacones de charol. ¿Tienes que cargar con cajas de una tienda online? Ahí vienen bien unos mocasines prácticos, pero igual de sofisticados.
Sí, mi Instagram sigue llenándose de fotos ceremoniosas con Hermès. Pero, si te fijas bien, bajo el dobladillo de la falda asoma otro par de zapatos que nadie debería ver; y, sin embargo, son precisamente esos los que me hacen ser yo. De verdad. Ningún bolso de edición limitada puede sustituirlos.
Este artículo es una confesión fotogénica de manual, de una protagonista que vive de despertar la envidia del público: publica fotos con bolsos y luego, al parecer, confiesa modestamente su amor por los zapatos. Lo de siempre: una foto con un Birkin para conseguir «me gusta» y otra confesión para alimentar el contenido. La autora contrapone deliberadamente los «accesorios caros para el público» a su pasión espontánea y auténtica. El lector debe sacar en claro que no hay que fiarse de las apariencias: las fashionistas tienen sus fetiches, y no son para la cámara.
El tema es tan antiguo como la propia moda: los bolsos de estatus se han convertido en tarjeta de visita en las redes sociales y en estilo de vida para quienes tienen dinero. Pero la «amiga de confianza» que protagoniza el artículo construye la imagen de una fashionista más sincera: la inversión principal no está en bolsos de marca, que ya tienen a todo el mundo un poco harto, sino en las sensaciones personales que proporciona el calzado. Como si Instagram fuera el teatro y los zapatos, el escenario de la vida. Da la impresión de que las tendencias gobiernan nuestros deseos y gustos, pero que, en realidad, todo depende de nuestra comodidad interior (o de una discreta obsesión con Manolo Blahnik). Con sarcasmo de editor de guardia agotado, el texto nos recuerda que no todo lo que brilla en el escaparate da felicidad y que, a veces, basta con un par de zapatos nuevos. Una moraleja ligera para cínicos de la moda: colecciona emociones, no logotipos.