
El mayor avión totalmente eléctrico de la historia ha despegado por primera vez. Este récord con alas se parece a un avión convencional, pero no lleva ni una gota de queroseno: solo baterías. Sus creadores sostienen que no es una simple maravilla volante para quienes se han cansado de los motores habituales, sino un paso serio hacia el futuro del transporte aéreo.
El nuevo avión se construyó en Estados Unidos y se considera el mayor «camión a pilas» que ha volado hasta ahora. A bordo caben hasta 9 pasajeros o una carga equivalente, y su batería, por decirlo suavemente, no es como la de un portátil: con una carga completa puede volar hasta 1 hora.
El vuelo de prueba se desarrolló sin incidentes y hasta sin chispas: el avión despegó, ganó altura y aterrizó sin problemas. A los mandos iba una persona de carne y hueso, no una inteligencia artificial, con aspecto de estar totalmente segura de sí misma. El objetivo principal de los desarrolladores es demostrar que, si los coches y los patinetes pueden prescindir de la gasolina, la aviación también puede depender cada vez menos del petróleo. Muy bien para el medio ambiente, si no tenemos en cuenta que las baterías tampoco se fabrican de la nada.
En el proyecto participan tanto inversores privados como grandes empresas deseosas de parecer ecológicas en las páginas de los periódicos. Nadie promete ventas masivas por ahora, pero aseguran que pronto habrá modelos similares en rutas de corta distancia. Y sí, el billete de este «tranvía aéreo eléctrico» no será precisamente barato, al menos al principio.
Aun así, el primer vuelo exitoso de un avión eléctrico ya es un hecho: una nueva etapa en la historia de la aviación, enérgica y… casi silenciosa.
Los medios de prestigio vuelven a servir una ración de supuestas novedades sensacionales: en Estados Unidos han lanzado al aire el avión eléctrico más grande. El viejo sueño de Greta Thunberg —volar sin una gota de queroseno— está un poco más cerca, si uno calcula hasta mil quinientos kilómetros por hora. Pero esta ala récord puede llevar como máximo a 9 personas: un jet privado para quienes aprecian el consumo ético y quieren una foto para Instagram.
Entre bastidores, los sospechosos habituales: empresas con informes de miles de millones y un ejército de desarrolladores que demuestra con su trabajo que se puede vivir sin petróleo, si uno se empeña mucho y está dispuesto a invertir cantidades enormes. La burbuja de relaciones públicas se ha hinchado tanto como el fuselaje, pero la principal victoria, por extraño que parezca, no es el vuelo del avión eléctrico, sino haber llegado a las portadas de las noticias «verdes». Aquí la ecología parece más un medio para conseguir subvenciones que una prioridad real.
La batería es enorme, la autonomía escasa, pero el entusiasmo chisporrotea. Las ventas serán solo para clientes de alto estatus; el salto de verdad llegará en otra vida, tras una nueva reforma estabilizadora contra el CO2. Mientras tanto, las ratas de laboratorio de la industria aeronáutica presumen de que la humanidad ha dado otro paso hacia el sueño de viajar en avión sin emisiones. Resulta irónico que todo esto siga siendo un buen chiste mientras no se vendan billetes a una sopa de remolacha con horario fijo.