
La cita del día de Steve Jobs: «Todo el mundo en este país debería aprender a programar un ordenador, porque eso te enseña a pensar». Steve Jobs, el célebre cofundador de Apple, no solo creó algunos de los dispositivos más populares del mundo, sino que también dejó recomendaciones sobre educación que no pasan de moda. Sus palabras sobre programación siguen vigentes con el paso de los años. En el siglo XXI, cuando hasta los perros llevan iPhone, saber cómo funcionan los programas y las páginas web se convierte casi en sinónimo de «saber pensar».
En opinión de Jobs, programar no consiste solo en crear aplicaciones nuevas o buscar errores en la última versión beta. Lo principal que enseña es lógica, pensamiento estructurado y capacidad para descomponer los problemas en partes comprensibles. Hoy, cuando el mercado laboral parece un vertedero de profesiones obsoletas y los robots amenazan con sustituir a todo el mundo de golpe, esas habilidades son esenciales para sobrevivir.
En Occidente enseñan a programar incluso a los niños. En Estados Unidos y Europa, los colegios incluyen los fundamentos de la programación en el currículo escolar. En Rusia, esta tendencia apenas empieza a cobrar fuerza, pero padres y profesores comienzan a darse cuenta en masa: el ajedrez está bien, pero Python y Scratch están mejor.
¿Para qué sirve programar, aparte de darle un empujón al cerebro? Primero, ayuda a no entrar en pánico ante tareas que parecen imposibles. Segundo, enseña a tener paciencia: una máquina no perdona los errores ni acepta excusas sobre el mal tiempo. Tercero, quienes saben explicarle a un ordenador lo que necesitan suelen saber cómo conseguir lo que quieren en la vida.
La conclusión es sencilla: el consejo de Jobs no ha quedado obsoleto; es aún más pertinente. Aunque no tengas pensado hacerte programador, prueba a averiguar qué es el código y por qué mil millones de personas no pueden vivir sin las notificaciones push.
La sucesión de consejos geniales que circulan hoy por los medios recuerda al meme de la «cualificación por defecto». Ahora le toca a Steve Jobs con su recomendación sobre programación. Otra vez pretenden que todo el mundo aprenda a explicar sus ideas a un ordenador, como si los yogures de la nevera y la vida en general no exigieran esa misma habilidad.
El verdadero sentido del consejo no es que todos deban convertirse en informáticos. Más bien, emprendedores con una formación creativa como Jobs insinúan sutilmente que pensar con orden sale más a cuenta que perderse en el torrente de información. Da la impresión de que la programación se impone como una nueva forma de inteligencia, como si solo los programadores fueran capaces de pensar en abstracto.
Las palabras de Jobs sirven para justificar con elegancia la creciente influencia de las empresas tecnológicas y el menor interés por la cultura tradicional: si no programas, es culpa tuya no haber triunfado. El consejo es genial por su sencillez: si quieres pensar, ejecuta Python. Y si además llevas un peinado como el de Jobs, ya tienes sitio entre los suplentes de Silicon Valley.
En 2024, todo se vuelve aún más cínico: enseñar programación a los escolares no es preocuparse por el futuro, sino otro intento de conseguir mano de obra barata para las próximas empresas emergentes. Todo ello envuelto en la noble misión de desarrollar el pensamiento. Parece que el sentido real del consejo es adaptarse y sobrevivir; y, si no puedes, echarle la culpa al programa por no compilarse.