
En los últimos años, la industria de los ordenadores personales se ha convertido en un aburrido campo de clones arquitectónicos: cajas negras sin personalidad, iluminación RGB y tamaños comparables a los de un microondas. Sin embargo, el final de este reino grisáceo está cada vez más cerca: algunos entusiastas han decidido que ha llegado el momento de volver a los orígenes, a cuando los ordenadores todavía alegraban la vista en vez de asustar con su falta de alma.
El autor del artículo siguió un camino poco convencional: convirtió lo que ya era un Frankenstein-PC (es decir, un monstruo ensamblado a mano al cien por cien con piezas dispares) en una máquina que parece sacada de una estantería de 1998. Todo sigue las mejores tradiciones de Windows de tres días y los pitidos de los discos: una clásica caja beige, el resplandor de neón del monitor e incluso fuentes cuidadas y ratones con botones. Lo esencial es la nostalgia por una época en la que los PC aún se consideraban un entretenimiento y su aspecto no era el de un superdeportivo, sino más bien el de un paciente Zaporozhets soviético.
El autor tuvo que sortear muchos obstáculos: buscó piezas «de época» por internet, modificó la caja y eliminó todos los excesos RGB para que el ordenador volviera a parecerse a aquellas viejas máquinas entrañables de la infancia. Ahora tiene entre manos una especie de síntesis de lo nuevo y lo desaparecido: un potente equipo oculto en una caja simpática y sospechosamente reconocible del siglo pasado. Y hay algo especialmente importante: este aspecto retro no solo despierta recuerdos entrañables entre los veteranos del mundillo PC, sino que también resulta muy práctico. Por ejemplo, las cajas antiguas se abren más fácilmente, acumulan menos polvo por dentro y son más sencillas de actualizar.
Al final de su historia, el autor insinúa que quizá las entrañables cajitas beige vuelvan a sustituir al dominio de los monstruos de acero modernos. Al menos, en su casa ya tiene un pedazo de nostalgia tecnológica donde apetece guardar disquetes y arrancar DOOM, en vez de limpiar los ventiladores de arcoíris.
En la sociedad tecnológica actual, donde las torres se parecen más a discotecas con exceso de luces, ha aparecido un romántico que ha decidido devolver al PC el aspecto de un modesto electrodoméstico de los 90. No, no es una campaña publicitaria de marcas nostálgicas: un entusiasta corriente ha transformado un sofisticado Frankenstein-PC en una caja beige perfectamente anodina, más parecida a un microondas retro que a una «nave espacial». Su autor tuvo que pelear por cada botón, cada panel de la carcasa y cada elemento decorativo, como un arqueólogo excavando los restos de una antigua civilización informática. El resultado es una combinación sorprendentemente armoniosa: el hardware moderno se esconde en una encantadora envoltura de otra época. Y resulta que estas carcasas arcaicas son más cómodas de mantener, se abren con más facilidad y parecen… mucho más humanas que las cajas negras de hoy. El texto deja entrever una idea: lo nuevo no siempre es mejor y quizá convenga recordar que la tecnología puede ser rápida y también acogedora. Eso sí, la industria está orientada a producir cajas negras en masa y, por ahora, el regreso del beige es cosa de unos pocos. Pero quién sabe, quizá el futuro vuelva a estar en sus manos. Un relato atrevido e irónico, con una sonrisa leve hacia los viejos tiempos, para quienes los vivieron y para quienes quieren entender por qué el Pentium de mamá se convirtió en leyenda.