
El flujo interminable de vídeos cortos no solo impide dormir lo suficiente: también se alimenta de las consecuencias de la falta de sueño, creando una trampa de la que cuesta más salir que darse de baja de una lista de correo basura. Un grupo de investigadores dirigido por la psicóloga Xiaoqiong Li, de la Universidad Normal del Sur de China, quiso averiguar qué sostiene exactamente esta alianza patológica entre dormir poco y tener la costumbre de ver vídeos antes de acostarse. El estudio se publicó en la revista Personality and Individual Differences.
En los experimentos participaron 6.691 estudiantes, encuestados dos veces con un intervalo de tres meses para comprobar cómo se relacionaban sus problemas de sueño con su trato con los vídeos cortos (TikTok, Reels, Shorts y demás). Las preguntas eran concretas: no solo «¿duermes mal?», sino también «¿con qué frecuencia te quedas enganchado a los vídeos?», «¿te irritas cuando no tienes el móvil?» y «¿rindes menos?».
Resultó que entre el insomnio y el desplazamiento por los vídeos hay una carretera de doble sentido. Quienes abusaban de verlos empezaban, tres meses después, a quejarse más a menudo de cansancio, mal sueño y una sensación crónica de no haber dormido lo suficiente. Sobre todo cuando los vídeos cortos ya afectaban a sus estudios y les impedían hacer sus tareas.
Pero la conexión inversa es aún más contundente: quienes al principio sufrían somnolencia diurna o irritabilidad acababan enganchándose todavía más a los vídeos. Ahí aparece el círculo vicioso: la falta de sueño debilita el autocontrol y nos empuja a buscar placeres inmediatos. El cerebro quiere una recompensa fácil, el móvil está siempre a mano y, en un par de toques, ya estás cautivo de un algoritmo que conoce tus debilidades mejor que cualquier amigo.
El problema no se reduce a una estadística: el cansancio diurno y la «niebla mental» —en términos científicos, una alteración del estado de alerta— se convierten en el puente hacia todo este lodazal digital. Cuando no te quedan fuerzas ni atención para las tareas más sencillas, el hábito de desplazarte por la pantalla en busca de una dosis «para desconectar» de vídeos graciosos o absurdos deja de ser una elección y se convierte en una forma de autoprotección forzosa. A la alegría breve le sigue otra noche en vela y, sorpresa, aún más cansancio.
Los autores aconsejan no tratar los síntomas por separado, sino atacar el problema de forma precisa: si se mejora el sueño —por ejemplo, con terapia cognitivo-conductual para el insomnio, que enseña a dormir mejor y a establecer rituales para conciliar el sueño—, las ganas de ver vídeos disminuirán por sí solas. Además, salid a la calle, hablad más a menudo con personas de carne y hueso (sí, aún quedan), jugad al fútbol o id a visitar a vuestros familiares. Todo esto ayuda a reducir la ansiedad y a no convertirse en esclavos de una aplicación.
Eso sí, el estudio tiene defectos evidentes: todos los participantes eran estudiantes de una misma universidad, las mediciones se hicieron con cuestionarios y no con datos reales de sus móviles. Y la relación directa entre los síntomas sigue siendo una incógnita: quizá a algunas personas simplemente les van de la mano la falta de sueño y la vida social en internet. Para aclararlo, los investigadores proponen monitorizar los móviles en tiempo real y seguir a los estudiantes durante más tiempo.
Los titulares prometen contar la batalla entre el insomnio y TikTok. En realidad, es otro episodio de «cómo nos estropea la tecnología», con promesa de escándalo y sin vencedores. El estudio de los científicos chinos recuerda una vieja canción: si no te has dormido por la noche, la culpa no es solo de TikTok, sino también de tu saboteador interior, encantado de tocar los vídeos que le anuncian. Los datos vienen de cuestionarios, las conclusiones son prudentes —a lo mejor todo se debe al carácter, o a lo mejor no— y las recomendaciones son del estilo «pasea más, duerme mejor».
Hay una idea útil: entender que el sueño y la dependencia de los vídeos están relacionados. Pero no esperes una revelación ni una idea original: esta aportación al repertorio de soluciones tiene la novedad de un consejo de beber infusiones. En resumen, otra confirmación científica de que, si no duermes, te pondrás a ver más vídeos y, si dejas de verlos, quizá consigas dormir. Las aplicaciones vuelven a salir ganando: sus algoritmos no duermen y saben esperarte tan bien como un despertador al que acabas de darle al botón de posponer.