
Las ondas cerebrales de los psicópatas: la falta de confianza y la reacción ante las recompensas
Un estudio publicado en la revista BMC Psychology revela que el cerebro de las personas con rasgos psicopáticos marcados funciona de forma distinta al de los demás en cuestiones de confianza y de satisfacción ante los éxitos ajenos. El equipo dirigido por Fengbo Guo, de la Universidad Médica de Guangdong (China), quiso averiguar cómo respondía el cerebro de estudiantes con rasgos psicopáticos «marcados» y «leves» ante el riesgo, la cooperación y las pérdidas.
Para empezar, una aclaración: los psicópatas no siempre son maníacos sanguinarios. El espectro psicológico es más amplio: incluye también a personas perfectamente integradas, pero más egoístas, desconfiadas, manipuladoras o impulsivas que el interlocutor medio. Y precisamente esos rasgos los convierten en objeto de estudio para psicólogos de todo tipo.
Para «sondear» los mecanismos de la confianza, los investigadores recurrieron al clásico juego de confianza. A un participante (el «inversor») le daban dinero virtual y le proponían quedárselo todo o entregárselo a un «socio». Si el inversor compartía el dinero, la cantidad se multiplicaba y el socio decidía si repartía la suma de forma justa o se la quedaba toda. Así se simulan situaciones de «hoy por ti, mañana por mí» sin consecuencias para los dedos, solo para las estadísticas.
Primero encuestaron a más de 300 estudiantes para seleccionar a los representantes más claros de ambos extremos del espectro: 44 valientes, con una proporción igual de «psicópatas» y «no psicópatas» según el cuestionario. Los conectaron a un EEG (electroencefalógrafo), un aparato que detecta las ondas eléctricas del cerebro cuando algo sale mal o, al contrario, va bien. En una mesa disputaron 150 rondas del «juego», y sus «socios» no eran personas, sino un ordenador con un guion prefijado: en la mitad de las rondas repartía justamente; en la otra mitad, el socio se lo quedaba todo.
Y esto es lo que mostraron los datos. Quienes tenían más rasgos psicopáticos confiaban menos en desconocidos: decidieron compartir en una media del 53 % de los casos (entre los «normales», la cifra se acercaba al 62 %). Era lo esperable: los psicópatas van a lo suyo y solo asumen riesgos cuando les conviene mucho.
Sin embargo, lo ocurrido tras la traición sorprendió. Los estudiantes «normales» apenas cambiaban su conducta después de perder dinero. En cambio, sus compañeros más desconfiados, con rasgos psicopáticos elevados, empezaban a confiar más en los socios siguientes. Los autores plantean que quizá era un intento de «recuperarse» tras el revés o, sencillamente, la idea de que es difícil tener mala suerte dos veces seguidas.
El cerebro de estos participantes también tenía lo suyo. Cuando decidían no confiar, aparecía una potente señal N2: un indicio de que el cerebro tenía que imponerse a la conducta socialmente aceptada para buscar el beneficio propio. Y más curioso aún: la decepción por el «timo» era tan intensa en quienes tenían rasgos psicopáticos que el cerebro emitía una descarga máxima: la recompensa esperada no llegaba, y eso dolía.
Así que los rasgos psicopáticos no tienen que ver solo con el afán de sacar provecho, sino también con una reacción demasiado intensa ante el fracaso. Por ahora, las conclusiones son prudentes: había pocos participantes y ninguno tenía un diagnóstico grave. Solo futuras investigaciones podrán aclarar qué pesa más: la falta de emociones o la tendencia antisocial.
La psicopatía ha salido de las cárceles y ha llegado a la vida cotidiana de estudiantes acomodados y sus cerebros electrizantes. Unos científicos chinos sentaron con entusiasmo en el banquillo neurofisiológico (léase: ante un electroencefalógrafo) a 44 sujetos: la mitad con la psicopatía «a tope» y la otra con limonada en las venas. El experimento era sencillo: ¿confías o no tus rublos virtuales a un desconocido? Los demonios internos de la psicopatía no tardaron en asomar: quedarse el dinero no solo sale más rentable, sino que además provoca un buen conflicto interior, como indicaba sin rodeos la desdichada señal N2.
Uno pensaría que, después de perder, dejarían de arriesgarse. Pues no: tras la derrota, los «caballos oscuros» volvían a poner su capital en manos del destino. ¿Síndrome del jugador? ¿O fe en que la suerte no se repite? La respuesta es el vulgar deseo de ganar: cuando la recompensa esperada no llegaba, el cerebro psicopático se estremecía literalmente. Por desgracia, todo esto solo se ha estudiado en estudiantes neuróticos; aún no sirve para diagnosticar a pacientes graves, y las conclusiones son prematuras.
Aun así, el hallazgo plantea preguntas: ¿por qué algunas personas, aun conociendo las reglas del juego, reaccionan con tanta intensidad a las derrotas y no consiguen «confiar como es debido»? La respuesta está en algún punto entre la naturaleza y la crianza, mientras la medicina apenas empieza a hacer sus apuestas en este terreno.