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Las condenas de Trump y Hunter Biden: un estudio sobre el sesgo político

27/7/2026, 8:01:01 Psicología
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Crónica:
Las condenas de Trump y Hunter Biden: un estudio sobre el sesgo político

Un estudio publicado recientemente arroja luz sobre el empeño con que los votantes estadounidenses defienden a sus ídolos políticos y el entusiasmo con que buscan defectos en sus adversarios cuando saltan a los titulares condenas penales sonadas. Los investigadores demostraron que la lealtad partidista determina directamente si una persona percibe los procesos judiciales como justicia o como maniobras políticas. El trabajo de un grupo de investigación de la Universidad de Arkansas y la Universidad Politécnica de Hong Kong apareció en la revista American Behavioral Scientist.

Las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024 desembocaron en una situación singular: cada partido tenía su propio gran escándalo penal. Donald Trump fue juzgado por falsificar documentos empresariales en un intento de tapar la desagradable historia de los pagos por silencio (hush money). Casi al mismo tiempo, Hunter Biden, hijo del presidente en ejercicio Joe Biden, fue condenado por comprar un arma ilegalmente.

Pero si esperaban que estos hechos unieran a la sociedad, aunque fuera en una estupefacción nacional, sentimos decepcionarles. La reacción del electorado muestra una polarización de manual: los partidarios de cada partido despachan las acusaciones contra sus héroes como torpes ataques políticos y celebran que se juzgue a los del otro bando como niños ante un caramelo.

El estudio se llevó a cabo con la teoría de la identidad social como marco. La idea es esta: cada persona se define por su pertenencia a un grupo y, cuanto más importante es ese grupo para ella, más dispuesta está a adaptar la realidad a sus intereses. Un aliado siempre es casi un santo; un enemigo, por definición, un canalla. Este truco psicológico se llama «razonamiento motivado» (motivated reasoning): la verdad pierde importancia; lo principal es no sufrir por el propio bando.

Un término nuevo, identity-motivated elaboration, describe cómo el cerebro dedica esfuerzos a inventar excusas para los nuestros y buscar trapos sucios a los demás. Si la noticia trata del propio partido, buscamos justificaciones y lo elogiamos; si trata del partido contrario, hacemos todo lo posible por echarle basura encima.

En el estudio participaron 231 estudiantes de una universidad estadounidense: la mediana de edad era de 22 años, había casi el mismo número de hombres que de mujeres y el equilibrio político se inclinaba hacia el conservadurismo. Les entregaron artículos neutrales sobre las condenas de Trump y Hunter Biden, y luego les pidieron que expusieran las razones por las que esas noticias deberían o no influir en su voto.

Los resultados no sorprendieron a nadie que haya discutido alguna vez en internet. Los republicanos (partidarios de Trump) defendían a Trump con mucha más energía y escribían acusaciones contra Biden; los demócratas hacían lo contrario: defendían al hijo de Biden y emitían un veredicto moral contra Trump. Cuanto más identificada estaba una persona con su partido, más marcado era el fenómeno.

La conclusión es directa: la energía cognitiva se gasta en defender a los nuestros y atacar a los demás, y creer en la imparcialidad de la justicia se convierte en cuestión de gustos. Además, esto funciona por varias vías: algunos inventan justificaciones complejas (la ruta central del pensamiento); otros se limitan a elegir según el criterio de «amigo o enemigo» (la ruta periférica).

Los autores reconocen honestamente las limitaciones: los estudiantes no representan a todo el país, y juzgar a un candidato no es lo mismo que juzgar a un familiar suyo. Pero las tendencias son claras y previsibles: mientras la lealtad partidista esté por encima del sentido de la justicia, será mejor buscar la verdad en otra parte.


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La carrera presidencial estadounidense de 2024 se convirtió no solo en un torneo de escándalos, sino también en un triunfo del pensamiento paradójico del electorado. Los ejércitos de partidarios descargan su potencia intelectual no en buscar la verdad, sino en defender con sofisticación a su ídolo y desenmascarar ostentosamente al bando rival. Los estudiantes del experimento superaron con gusto la prueba de partidismo: los republicanos justificaron heroicamente a Trump, los demócratas blanquearon con destreza a Hunter Biden y cada bando se apresuró a demostrar que su acusado no era más que una víctima de «maniobras políticas». En cuanto a la objetividad, se retira a la sombra cuando la lealtad al grupo entra en escena de la mano del razonamiento motivado. El pensamiento crítico ya ha recibido su condena: mientras la identidad política vigile la entrada a la lógica y los hechos, la sociedad no alcanzará ni consenso ni iluminación. Solo queda observar cómo la democracia convierte una vez más los tribunales en un campo de batalla por la reputación de alguien. O, si somos sinceros, relajarnos y apostar por quién logrará limpiar mejor su imagen la próxima vez.

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