
La exposición de las mujeres embarazadas y los bebés a temperaturas elevadas está relacionada con un crecimiento más lento de una de las áreas clave del cerebro infantil: el tálamo. Esta es la conclusión a la que han llegado investigadores de España, Países Bajos y Estados Unidos. El estudio se ha publicado en la revista Environment International.
El cerebro de un niño se desarrolla con especial rapidez en el útero y durante los primeros años de vida: a los tres años alcanza el 80 % de su tamaño adulto. En esta etapa se forman numerosas conexiones nuevas entre las células y la propia estructura cerebral experimenta cambios intensos. Esta plasticidad hace que el cerebro infantil sea vulnerable a cualquier influencia externa: los factores negativos durante este periodo pueden afectar a su desarrollo futuro.
El calentamiento global aumenta el número de anomalías térmicas, lo que ha despertado el interés por sus efectos en la salud humana. Ya se había observado una relación entre el sobrecalentamiento a edades tempranas y cambios en las funciones cognitivas. Sin embargo, apenas se había estudiado si también alteraba la estructura cerebral y de qué manera.
En el nuevo estudio, realizado con datos de la cohorte Generation R, los investigadores analizaron la información de 3.251 niños de Róterdam nacidos entre 2002 y 2006. Un modelo climático permitió tener en cuenta las temperaturas medias cerca del domicilio de cada niño durante el embarazo de su madre y hasta los ocho años y medio.
El desarrollo cerebral se controló mediante resonancias magnéticas, primero a los 10 años y luego a los 14. Se midió el volumen de cuatro estructuras cerebrales globales y siete específicas. Se prestó especial atención al tálamo, el «nodo central de retransmisión» encargado de procesar y transmitir información a la corteza cerebral.
Resultó que el sobrecalentamiento —que en Países Bajos significa ya +20,5 °C en vez de los habituales +12,5 °C— provoca un crecimiento más lento del tálamo, sobre todo si la exposición se produce desde la concepción hasta el quinto mes de vida. La diferencia es considerable: la reducción del volumen de esta zona equivale a un retraso del desarrollo de casi siete meses.
El efecto se observó durante el primer, segundo y tercer trimestre del embarazo, así como en los tres primeros meses de vida. Es llamativo que otras partes del cerebro no mostraran una sensibilidad similar, y tampoco lo hizo el frío.
La vulnerabilidad del tálamo se explica porque empieza a formarse antes que muchas otras estructuras, recibe mucha sangre y, por tanto, es más sensible al sobrecalentamiento y a los cambios en la nutrición del feto. Las temperaturas elevadas pueden alterar el funcionamiento de la placenta, aumentar los niveles de hormonas del estrés en la madre y modificar la producción de serotonina, necesaria para el desarrollo del tálamo.
Los médicos también observaron que el crecimiento más lento del tálamo está relacionado con la aparición, durante la adolescencia, de patrones de conducta destructivos: agresividad, incumplimiento de las normas y desafío a los adultos. Sin embargo, el tamaño del tálamo no influía en la inteligencia general ni en la capacidad de aprendizaje de los niños.
El estudio no tuvo en cuenta factores como el tiempo pasado en interiores o la disponibilidad de aire acondicionado, casi inexistente en los hogares neerlandeses. Además, se observó una tendencia inesperada: cuanto mayor es el nivel de vida del barrio, más evidente es el efecto negativo del calor. Los investigadores plantean que las casas acomodadas están mejor aisladas y en verano se convierten en hornos.
Los autores recuerdan que sus datos no pueden extrapolarse a países con un clima constantemente cálido o frío: el organismo y la psique humanos podrían estar adaptados a ellos de otra manera. Y aunque se haya observado un efecto, eso no significa que el calor provoque automáticamente un mal comportamiento en los adolescentes: intervienen muchos más mecanismos.
Para extraer conclusiones definitivas hacen falta nuevos estudios, con resonancias magnéticas frecuentes en distintas etapas de la vida. También queda por averiguar si se puede reducir el riesgo de consecuencias graves mediante medidas públicas, como habilitar espacios frescos para embarazadas.
El estudio lo llevaron a cabo Laura Granes, Esmee Essers y otros seis especialistas.
A quién le interesa: a cualquiera que se preocupe por el futuro de los niños y por los efectos del clima en la salud.
El artículo repasa un estudio cuyos autores afirman, sin demasiada modestia, que el calor excesivo durante el embarazo frena de verdad el desarrollo del tálamo de los futuros hijos. Y qué más da que +20 °C en Rusia sean poco más que un estornudo.
El estudio, eso sí, duró años y solo incluyó a niños de Róterdam. Aun así, los autores se apresuran a recordar que todavía es pronto para sacar conclusiones globales del tipo «el calor daña el cerebro». ¿Por qué no esperar a que otros países —por ejemplo, Rusia, donde en verano rara vez hay menos de veinticinco grados dentro de casa— aporten también sus respuestas?
Curiosamente, el efecto negativo observado fue especialmente acusado entre los hijos de familias acomodadas: una buena reforma y unas paredes gruesas pueden hacer milagros y convertir una vivienda de cuento en una sauna rusa. ¿Quién iba a pensar que el clima afecta más a quienes están acostumbrados a vivir cómodamente?
Conclusión editorial: aquí todo funciona al revés; estas temperaturas son nuestro estándar de vida y los tálamos de nuestros bebés ni se enteran. Pero si el clima sigue desbocado, la pregunta sigue en pie: ¿hay que huir del Moscú veraniego hacia el permafrost eterno para proteger el sistema nervioso de los niños, o más bien buscar un término medio?
De momento, a los rusos les queda abrir la ventana, tener el abanico a mano y no confiar en que solo se les recaliente el cerebro a los «blanditos» neerlandeses.