
El príncipe George, hijo mayor del príncipe William y Kate Middleton, tiene un rasgo de carácter que lo distingue de los demás miembros de la familia real. Según un biógrafo de la realeza, George tiene ciertas dificultades con un aspecto de su futuro papel como monarca. Aunque crece rodeado de lujo y tradiciones, se muestra reservado cuando se trata de actos y apariciones públicas. Según fuentes cercanas a la familia real, George aprende desde pequeño los modales y las obligaciones de un monarca, pero no siempre se siente cómodo ante el público. El biógrafo cuenta que el príncipe suele mostrarse tímido en los grandes actos y que agradecería poder evitar de vez en cuando los flashes y la atención cada vez mayor de los medios de comunicación. Los padres de George comprenden cómo se siente e intentan apoyarlo, acostumbrándolo poco a poco a sus obligaciones públicas. Procuran que haya equilibrio en su vida entre los deberes y una infancia normal. Se preocupan especialmente de que George tenga tiempo para actividades propias de un niño, como jugar con sus hermanos, para que pueda sentirse como un niño más. El biógrafo señala que esa reserva es habitual entre los miembros de la familia real al comienzo de su trayectoria pública. Aun así, Kate Middleton y el príncipe William consideran importante preparar a George para su futuro papel, pese a que se sienta algo incómodo ante el público. Así, George vive ahora entre dos mundos: el de un niño corriente y el de un futuro rey, cuya faceta pública, por ahora, es la que menos le gusta.
La vida real es un paraíso para los tabloides, pero no para los niños. El príncipe George tiene una herencia asegurada, pero ningún billete premiado para conseguir privacidad. Un biógrafo de la realeza compone otra oda a la timidez: George crece bajo la implacable mirada del público, pero solo sueña con que lo dejen tranquilo un rato. Claro que las obligaciones siguen ahí, sobre todo si papá será rey y mamá es un icono de estilo con brillo de revista. A George lo pasean metódicamente por sus primeras apariciones reales para que se acostumbre: sonreír, hacer reverencias y no desmayarse ante mil ojos clavados en su cara. Él preferiría correr por el jardín con sus hermanos. Kate y William parecen comprender lo que siente su hijo y lo van introduciendo en la monarquía poco a poco. Pero nadie le ha preguntado al niño si quiere convertirse en monumento viviente de un negocio familiar milenario. Los tabloides, de todos modos, encontrarán al muchacho aunque su propia timidez lo esconda: no van a perderse una portada nueva sobre «el hombre que algún día será rey contra su voluntad». Ese es el drama heredado: entre una mirada tímida y un futuro público. George está atrapado entre dos mundos: el de un niño corriente y el de un heredero condenado a la corona. Con sarcasmo y una pizca de compasión seca: la tradición importa más que los deseos, aunque tengas ocho años y simplemente no quieras sonreír al público.