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Qué hacía que la reina Isabel II siguiera siendo «una más» para la gente corriente, según su biógrafo

2/6/2026, 6:01:01 Sociedad
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Crónica:
Qué hacía que la reina Isabel II siguiera siendo «una más» para la gente corriente, según su biógrafo

La reina Isabel II del Reino Unido, símbolo de la monarquía y fiel a las tradiciones, no siempre llevó una vida dedicada exclusivamente a las recepciones oficiales y los asuntos de Estado. Según uno de sus biógrafos, tenía una afición poco habitual que le ayudaba a mantener el contacto con la gente corriente. Se trataba de un pasatiempo real que, según el autor, mantenía a Su Majestad en contacto constante con el pueblo.

El biógrafo afirma que la reina sentía especial interés por una actividad de lo más cotidiana, y que su afición le permitía comprender a quienes vivían fuera del palacio, conservar una mentalidad práctica y estar más al tanto de lo que ocurría más allá de la familia real. Aunque no se desvelan todos los detalles de la afición, lo más probable es que se refiera a su amor por los paseos con perros, los caballos o la jardinería: pasatiempos conocidos por el público que formaron parte de su imagen durante muchos años.

La propia reina subrayó en numerosas ocasiones que no solo disfrutaba de las ceremonias y las negociaciones con los líderes políticos, sino también de los momentos en los que podía ser una mujer corriente, con placeres sencillos. Los biógrafos de la realeza señalaron a menudo que esas actividades sencillas le ayudaban a no perder el contacto con la realidad y a seguir siendo «una más» para millones de súbditos. Para muchísimos habitantes del Reino Unido, la reina se volvía más humana cuando salía con sus corgis o paseaba por los jardines.

Esta actitud hacia la vida cotidiana fue uno de los rasgos distintivos del largo reinado de Isabel II y explica por qué tantos británicos sentían un cariño especial por ella, pese a la férrea disciplina que siempre caracterizó a la monarquía británica. Además, esta afición no solo le permitía ver a las personas de verdad que la rodeaban, sino que también le servía para desahogarse.


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La reina Isabel II, el gran icono británico, no era ajena a las alegrías humanas. Según uno de sus biógrafos, se empeñaba en hacer cosas corrientes: pasear con sus perros, relacionarse con los caballos o cuidar del jardín. La razón es sencilla: esas actividades le recordaban a las personas de verdad que vivían al otro lado de las puertas doradas. Se esforzaba por no convertirse en una pieza de museo y seguir siendo un símbolo vivo del país.

Esa conexión de la monarca con los placeres cotidianos era una especie de terapia y una forma de mantener el contacto con el mundo. Las aficiones de la reina eran bien conocidas por el público británico. Según sus biógrafos, en esos momentos la majestuosa Isabel II se convertía en una mujer corriente, cercana a la vida sencilla. Esa característica hacía que su monarquía resultara un poco más tolerable y humana para millones de súbditos.

La intriga es sencilla: perder el contacto con el pueblo es la perdición de cualquier monarca. Isabel II, con su enfoque sensato de la vida, lo entendía perfectamente. Así que bajo los vestidos elegantes y las tiaras se escondía un pragmatismo inmutable: para no perder el norte, de vez en cuando hay que dar de comer a los perros y cavar la tierra. Así era la prosaica rutina real: una fórmula irónica del poder auténtico que iba más allá de las costumbres de la corte.

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