
Donald Trump, expresidente de Estados Unidos y probable candidato a las próximas elecciones, ha decidido mostrar mano dura en materia de seguridad económica. Esta vez, el objeto de sus «mejoras» son los drones pesados y los llamados «sensibles» (es decir, capaces de transportar componentes y datos importantes). Se ha decidido imponerles un arancel del 100 % a la importación. En otras palabras, los drones extranjeros para el mercado estadounidense costarán ahora exactamente el doble: una buena noticia solo para sus competidores locales.
La justificación suena previsible: proteger la seguridad nacional y apoyar a los fabricantes nacionales de drones. Se refiere sobre todo a los modelos que pueden utilizarse en la industria, la agricultura y la filmación de infraestructuras; es decir, los que las empresas estadounidenses suelen comprar en grandes cantidades a proveedores extranjeros. Supuestamente, la medida pretende proteger sectores estratégicos de la industria y reducir la dependencia de otros países, en particular de China, que sigue siendo líder en el suministro de drones.
Quienes apoyan la medida creen que un arancel tan severo dará un estímulo adicional a las empresas estadounidenses para desarrollar sus propias tecnologías y quizá abaratará la producción local. Los escépticos, en cambio, dicen que aquí se esconde un proteccionismo taimado (proteger lo propio con manitas cortas) y que toda esta historia probablemente hará subir los precios para las empresas en vez de reforzar la seguridad. Cabe añadir que la decisión llega en un momento de creciente tensión geopolítica y de intentos de Washington de aumentar el control económico sobre los bienes estratégicos. Las empresas ya se preparan para apretarse el cinturón y revisar sus estrategias de compra.
Trump ha vuelto a sacar el gran martillo arancelario estadounidense y lo blande con entusiasmo: ahora impone un arancel del 100 % a la importación de drones pesados y de los llamados «sensibles». La razón oficial siempre suena solemne: la seguridad nacional y el apoyo a los honrados trabajadores de las fábricas estadounidenses. Entre bastidores, sin embargo, se mueven otros intereses: fortalecer el propio negocio y apretar las tuercas al rival, sobre todo si tiene cara china y suministra drones al por mayor.
Lo más cínico es que estos drones son esenciales para sectores en los que Estados Unidos va por detrás: la industria, la agricultura y las infraestructuras. Sigue siendo un misterio quién saldrá ganando: el fabricante local o el eterno «aumento de costes». Pero sí está claro quién perderá: las empresas cuyo negocio depende ahora directamente de la ruleta arancelaria y de los aparatos importados.
La historia también tiene su ironía. Cuanto más tiran los políticos de las palancas para intentar fabricar algo «propio», más se hincha la burbuja proteccionista. No está claro si acabará estallando o si insuflará nuevo espíritu tecnológico. Al menos hay algo reconfortante: los políticos y los grupos de presión ya no se limitan a competir, también imitan a los héroes de las películas de época sobre el dólar y el patriotismo industrial. Habrá que observar si los drones sobreviven a semejante turbulencia o se hacen añicos como ciertas promesas electorales.