
La Generación Z puede reírse, pero para quienes vivieron la época de los disquetes, el Motorola StarTAC y la esperanza de que el error del año 2000 hiciera caer la civilización, esto es un golpe bajo. El Honda Prelude de quinta generación, fabricado entre 1997 y 2001, ha sido reconocido oficialmente como clásico. Sí, ese mismo «clásico» que ahora se contempla a través del prisma de la nostalgia y el valor de colección.
Para quien firma estas líneas, que terminó el instituto en 2000, esto suena a sentencia. Pero los hechos son tozudos: han pasado 25 años y ya tiene sitio en el panteón.
Cómo fue cambiando la leyenda
Cuando Honda presentó la quinta generación del Prelude en 1997, sus diseñadores dieron un giro radical: recuperaron las formas angulosas de los 80 y abandonaron las líneas aerodinámicas y «de jabón» de su predecesor (1992-1996). El resultado fue robusto, masculino y sin florituras. Y el coche no perdió lo esencial: siguió siendo una máquina para disfrutar al volante, con cada detalle del habitáculo al servicio de la ergonomía y techo solar de serie incluso en la versión básica. Honda no escatimó en detalles.
En el folleto de 2000 destacaba esta frase: «El Prelude ofrece sin esfuerzo las emociones de un coche de altas prestaciones, pero lo hace con elegancia y estilo absolutos. Si quiere volver a enamorarse de la carretera, el Prelude le señalará el camino más corto». Y no mentían.
Un motor que es pura música
La gran virtud de los Honda de aquellos años era su capacidad para fabricar motores de altas revoluciones que cantaban en vez de traquetear. Bajo el capó del Prelude iba el H22, un cuatro cilindros en línea de 2,2 litros y doble árbol de levas en cabeza (DOHC). Potencia: 200 caballos y 156 Nm de par. Había dos cajas de cambios: una clásica manual de cinco velocidades o una automática de cuatro relaciones con modo manual SportShift.
El ingrediente clave del éxito era el VTEC, un sistema de distribución variable que cambiaba los perfiles de las levas y llevaba el motor hasta la zona roja, a 7.400 rpm. El sonido del H22 bajo carga era un placer acústico en sí mismo, de esos que pegaban al conductor al asiento y le sacaban una sonrisa de idiota.
Un manejo con carácter
El Prelude siempre destacó por su dirección precisa, pero para la quinta generación los ingenieros idearon un arma secreta: el sistema ATTS (Active Torque Transfer System). Se montaba en la versión Type SH y redistribuía activamente el par entre las ruedas delanteras para reducir el subviraje. Dicho sin rodeos, el coche tomaba las curvas como si tuviera más ganas de hacerlo que el propio conductor.
Según la prueba de Car and Driver de noviembre de 1996, el Prelude Type SH aceleraba hasta 60 millas por hora (96 km/h) en 7,2 segundos y cubría el cuarto de milla en 15,6 segundos, con una velocidad final de 146 km/h. Unos resultados excelentes para finales de los 90.
La conclusión de la revista: «El nuevo Prelude sigue ofreciendo una atractiva combinación de cualidades que siempre nos han gustado: un motor que aúlla en un coupé ágil y cómodo, con el sello de calidad de Honda».
¿Y hoy?
Casi 30 años después, esas palabras siguen vigentes. Los ejemplares de quinta generación bien conservados alcanzan precios serios en el mercado de coches clásicos. Y tiene lógica: cada año es más difícil encontrar uno en buen estado, sin destrozos ni reparaciones chapuceras.
Un dato curioso: si en 2000 el Prelude costaba unos 26.000 dólares —lo mismo que un Chevrolet Camaro, un Ford Mustang, un Mitsubishi Eclipse GT o un Acura Integra GS-R—, hoy el precio de un ejemplar cuidado se dispara. Un auténtico samurái japonés que no hace más que revalorizarse con los años.
Así que el Honda Prelude ya es un clásico. Oficialmente. Me imagino a los de Honda frotándose las manos: ese trasto viejo que hace 25 años se miraba como un disparate discutible se ha convertido, de pronto, en objeto de deseo para los coleccionistas. El plan de negocio perfecto: basta con esperar un par de décadas.
Lo más gracioso es cómo presentan la noticia. Han pasado 25 años y, de repente, ¡zas!, el coche vale dinero. ¿Quién iba a imaginar que un automóvil con un motor que sube hasta las 7.400 revoluciones, un diseño anguloso de «vengo de los 80, pero con pretensiones» y un precio de 26.000 dólares —con los que entonces podías comprarte un Camaro o un Mustang— acabaría siendo de colección? Pues claro, quién iba a saber que Honda no fabricaba coches, sino sorpresas de Kinder que había que dejar macerando 25 años en el garaje.
El sistema ATTS del Type SH, que redistribuye el par entre las ruedas, se presenta como una revolución. Genial: inventaron algo que los ingenieros alemanes ya dominaban desde hacía diez años, solo que con acento japonés y un nombre que hizo salivar a los responsables de marketing. ¡Y funcionó! Hoy cualquier propietario de un Prelude Type SH va por ahí con aires de guardián de un saber sagrado.
Pero lo mejor es la frase del folleto de 2000 sobre el «camino más corto para volver a enamorarse de la carretera». Los responsables de marketing de Honda no trabajaban por la comida: no vendían un coche, sino una filosofía. ¿Y saben qué? Nos la colaron a todos. Hasta Car and Driver, en 1996, se ponía lírico al describir el Prelude como «un motor que aúlla en un coupé ágil».
Ahora piden tanto por un ejemplar bien conservado que casi sale más a cuenta comprarse un deportivo nuevo. Pero no: la vieja escuela, el rollo, la nostalgia. Porque un auténtico entendido del automóvil japonés sabe que, si no tienes un Prelude de 2001 en color Electron Blue Pearl, no eres nadie en el mundo de los coches de colección. Y si lo tienes, puedes mirar por encima del hombro a todos esos dueños de Mazda RX-7 y Nissan Skyline. Vosotros tenéis coches. Nosotros tenemos un clásico.
Enternece especialmente el comentario de que el periodista que escribió el artículo terminó el instituto en 2000 y que le «duele darse cuenta». Sí, nos duele a todos. Duele ver cómo los coches de nuestra infancia se convierten en piezas de museo. Pero duele aún más comprender que nosotros mismos somos ya esos «viejos» que suspiran ante folletos antiguos y buscan un raro Electron Blue Pearl con cambio manual y sin rastro de soldaduras.