
¿Están relacionadas las gatas con la esquizofrenia? El mundo científico vuelve a poner los pelos de punta a los amantes de los peludos tiranos domésticos. Diciembre de 2023 trajo una sorpresa: un nuevo artículo científico afirma que existe una relación tenue, pero persistente, entre tener un gato y el riesgo de desarrollar trastornos relacionados con la esquizofrenia. A primera vista parece otro intento de leer el futuro en los posos del café, pero el asunto tiene algo más de sustancia.
Recordemos lo de siempre: si estás embarazada, no limpies el arenero del gato. El parásito Toxoplasma gondii no es un cuento para asustar a las abuelas. La amenaza es real: este microscópico bicho vive en las células y puede entrar en nuestro organismo tanto por comer carne poco hecha como por la vía tan habitual en los pisos rusos: el contacto con las heces de los gatos. Para la mayoría, todo se queda en un leve catarro, pero para las embarazadas las consecuencias pueden ser trágicas, incluso un aborto espontáneo o malformaciones en los niños.
Los gatos, por lo general, tampoco lo pasan mal: se sientan por ahí, persiguen moscas y solo los que tienen el sistema inmunitario debilitado se ven envueltos en una serie médica: fiebre, ictericia, dolores de origen desconocido e incluso alteraciones del comportamiento.
Lo que más inquieta es que algunos científicos sospechan que, si T. gondii se cuela en el cerebro de un niño, las consecuencias podrían prolongarse durante años. Porque no solo cambian las células, también la propia psique: ansiedad, rasgos de personalidad extraños e incluso esquizofrenia. Sin embargo, ningún estudio ha demostrado de forma concluyente que la toxoplasmosis provoque realmente esta enfermedad, ni ha explicado por completo el mecanismo.
Y ahora llega un nuevo episodio: tras analizar en profundidad decenas de estudios, se ha descubierto que los dueños de gatos reciben un diagnóstico de «esquizofrenia» o de alguna de sus variantes aproximadamente el doble de veces. La cifra impresiona, pero la causa y el efecto vuelven a enredarse, como en el viejo chiste de la lluvia después de lavar el coche. En resumen: hay una relación, pero no hay pruebas directas de que los gatos sean culpables.
No hay que entrar en pánico. Mejor limpiar el arenero menos veces con las manos desnudas y cocinar bien la carne más a menudo. Lo demás sigue siendo terreno de cuentos de miedo de una comunidad científica lenta, empeñada en meter la vida sana en todos los aspectos de la vida.
Los científicos se empeñan en insinuar que los gatos no solo te calientan las rodillas por la noche, sino que también podrían calentar la sección de psiquiatría. La culpa la tendría el famoso Toxoplasma gondii, ese parásito del que tanto se acuerdan cuando hay un embarazo. Cuidado con la pala y ni se te ocurra probar al gato; ahora añaden una indirecta casi paranoica: poco menos que los gatos son el principal factor causante de la esquizofrenia.
El argumento está muy bien montado: las cifras se disparan de forma impresionante y los dueños de gatos reciben el diagnóstico de «esquizofrenia» aproximadamente el doble de veces. Ahí está la noticia sensacional para quienes prefieren las respuestas sencillas. Pero entre líneas asoman las lagunas: nadie ha logrado demostrar que el culpable sea precisamente ese ovillo peludo. Todo se reduce a una correlación retorcida: cuando buscamos demasiado tiempo a un culpable, siempre aparece una madre, un perro o un váter; ahora también está el gato entre los sospechosos.
La gente sensata se encogerá de hombros: mientras no haya pruebas directas, lavarse las manos y usar la sartén sirven para librarse tanto de las supersticiones como de la esquizofrenia. Lo demás es miedo recalentado con esmero. Y así los gatos seguirán sufriendo la paranoia de alguien, en vez de dormir tranquilamente por la noche sobre tus piernas.