
Yelizaveta Sergeyevna Nikishchikhina tuvo, quizá, el destino de todas esas «trágicas cómicas» que se quedan para siempre atrapadas entre los decorados del cine y el teatro. El 17 de mayo esta actriz excepcional habría cumplido 85 años, una edad respetable incluso para el sofá favorito de la televisión. Eso sí, solo le prometieron un trono sobre las tablas: en el cine, Nikishchikhina siempre quedó en segundo plano. Interpretó más de cien papeles, desde la adorable Masha de «Las aventuras de Elektronik» hasta la folclórica Kikimora, pero los papeles protagonistas, como el queso gratis, les tocaban a otros.
Los críticos la llamaban con desdén actriz de papeles episódicos, mientras que el público la recordaba por apariciones breves pero deslumbrantes: aquí gritó «¡Qué relaciones tan elevadas!», allá se perdió por los pasillos del N.U.I.N.U. y, un poco más lejos, se metió en el pantano con un pañuelo de guata. Así, a base de destellos, se recuerda el talento del cine soviético al que nunca se hizo justicia.
Es imposible pasar por alto cinco de los papeles más contundentes de Nikishchikhina:
El primero: Nina Orlovich, en «Las puertas Pokrovski» (1982). Es el momento en que una vivienda comunal se convierte en el escenario de un teatro del absurdo y una mujer de rostro trágico y ojos hipnóticos organiza una tormenta de ideas para sus vecinos. La frase sobre «Zinaida, que nos sobrevivirá a todos» hace tiempo que salió de la película: el público la convirtió en cita.
El segundo: una integrante de la comisión en «Los magos» (1982). Una señora con gafas busca muy en serio el registro civil en vez de un instituto científico y frunce el ceño, perpleja: bueno, ¿y dónde están aquí las bodas, querido? ¿Absurdo? Sí, pero divertido.
El tercero: Masha, la ayudante, en «Las aventuras de Elektronik» (1979). Torpe y siempre azorada, consigue transmitir encanto con un par de frases y demuestra a los niños de la URSS que hasta el ajetreo puede resultar adorable.
El cuarto: Antígona, en el escenario del Teatro Stanislavski (1966). Aquí se acabaron las bromas: los admiradores estuvieron a punto de arrasar el teatro y tuvo que acudir la policía montada para despejar los atascos. Eso sí que es amor popular.
El quinto: Kikimora, en «Por senderos desconocidos...» (1982). Una parodia del coco: ya no es el terror de los pantanos, sino una ancianita triste a la que apetece más ofrecerle un té que salir corriendo despavorido por el musgo.
Sí, para un talento así, la ironía del destino sigue siendo el único título. Lo importante es que el público la recuerde. En cuanto al reconocimiento, parece que más vale tomárselo con calma si te llamas Nikishchikhina.
He aquí un caso práctico sobre cómo, si una estrella no brilla con regularidad, puede que nadie la vea… o puede que la recuerden para siempre.
La carrera de Yelizaveta Nikishchikhina es mejor que cualquier chiste soviético sobre el papel del individuo en la historia. En el cine, cien papeles episódicos y ni uno protagonista; aun así, generaciones de soviéticos pronunciaban su apellido en la cocina mientras citaban «Las puertas Pokrovski».
Cuando las críticas la llamaban actriz de papeles episódicos, no era un insulto: describía la estructura de una industria cinematográfica nacional en la que la energía del actor importa más que los grandes papeles. El público conocía —y aún quiere— a la encantadora Masha de «Elektronik», a la irónica integrante de la comisión de «Los magos», a la filosófica Kikimora y a la trágica Antígona de los aficionados al teatro. Tiene gracia: el trabajo interpretativo más modesto bastó para conquistar la mente del público de una forma que ni las cabezas coronadas de las estrellas podían soñar.
En épocas en las que el verdadero talento queda oculto bajo el ajetreo, actrices así se vuelven eternas. Para Rusia, es un recordatorio: lo que cuenta es el carisma y la memoria, no los minutos acumulados en pantalla.