
En la reciente ceremonia de VidCon en California, cuatro leyendas de los primeros tiempos de YouTube —Markiplier, Michelle Phan, Philip DeFranco y Cassey Ho— fueron las primeras en ingresar en el Salón de la Fama. Los cuatro subieron sus primeros vídeos a principios de los 2000, cuando «dedicarse al videoblogueo» no era un sueño, sino un diagnóstico, y ni siquiera existía el negocio de los creadores.
La fórmula del éxito por entonces era sencilla: «Sube un vídeo y reza para que le guste a alguien». Nada de estudios relucientes, ejércitos de representantes ni botones de oro: solo tú, tu cámara y ninguna garantía de éxito. Y ahora, veinte años después, VidCon rinde homenaje a quienes inventaron ese camino.
En su discurso, Philip DeFranco contó que empezó en una residencia universitaria, huyendo de la soledad y la tristeza: buscaba gente, comprensión y algo que le diera sensación de pertenencia. En veinte años ha cambiado todo, salvo el objetivo: unir a la gente, crear comunidades e intentar que el mundo sea un poco mejor. «Lo importante es dar más de lo que recibes», observó filosóficamente.
Michelle Phan, una de las primeras gurús de belleza en internet, recordó cómo un vídeo de maquillaje grabado a toda prisa en 2007 se convirtió en el punto de partida de toda una industria: blogueros, moda y negocios. «Una publicación puede cambiarte la vida —dijo—; solo tienes que atreverte a ser tú misma».
Cassey Ho, popular bloguera de fitness, señaló que esperaban de ella que eligiera una profesión «normal», como médica o abogada. Pero, según sus familiares, dedicarse al blogueo equivalía automáticamente a fracasar. Contra todo pronóstico, Ho se convirtió en una de las pioneras de YouTube y, para su propia sorpresa, en diseñadora de ropa.
El monólogo más emotivo fue el de Markiplier, digno de un «érase una vez, nadie se lo esperaba»: confesó que llevaba muchos años sin ponerse delante del público. Entre bambalinas se le acercaban personas para contarle que empezaron a grabar vídeos gracias a sus ocurrencias. «Solo quería hacer cosas —reflexionó—. Eso es lo mejor que tenemos: la posibilidad de crear y probar cosas nuevas». Al final animó a todos, incluso a quienes no estaban en el escenario, a no tener miedo de empezar y hacer lo que les apeteciera: «Todavía hay un montón de posibilidades».
La ironía de la época: la VidCon actual está formada por pabellones abarrotados de expertos tecnológicos, empresarios, startups de inteligencia artificial y ambiciones millonarias. Y antes todo era sencillo: cuatro introvertidos con una idea y los ojos brillantes pulsaban el botón de «subir». Ahora la industria vale miles de millones, pero todo empezó con el intento de «compartir algo importante con el mundo».
VidCon ha querido recordar cómo empezó todo este tinglado llamado «carrera de videobloguero». No entregaron medallas, sino estatuillas conmemorativas. Se las merecían Markiplier, Phan, DeFranco y Ho. Todos hicieron el papel de humildes con esmero: empezaron de cero, sí, claro; las cámaras eran de madera, no había dinero y sus padres se llevaban las manos a la cabeza. Como manda la tradición, hoy todos esos pioneros son los fundadores de una industria que ahora se reparten emprendedores e inversores. Uno habló del valor de la comunidad: DeFranco. Otra, del feminismo a través del maquillaje: Phan. Cassey Ho recordó con sarcasmo las «alternativas»: médica o fracasada; ella eligió una tercera vía. Markiplier estuvo a punto de echarse a llorar: «Solo hago lo que me gusta y ha funcionado». Qué tiempos aquellos, y qué distinta es la época actual de «no os imagináis cuánta pasta mueve esto»: todo fue casualidad, llegó solo. Tiene gracia que premiaran algo que hace diez años se consideraba una pérdida de tiempo. Lo de siempre: todo lo valioso parece una tontería al principio y luego se convierte en una mina de oro. Hoy VidCon es un desfile de capitalistas y niños de las startups; antes eran solo unos chavales con cámaras web. Qué risa: tanto bombo y, en el fondo, otra prueba de que cualquier meme puede convertirse mañana en historia.