
El agrónomo Denis Terentyev explicó por qué unos tomates de aspecto perfecto pueden resultar insípidos, como el poliestireno de ayer. Imagínese un tomate de color intenso y forma bonita, sin una sola mancha ni rasguño. Pero basta cortarlo para llevarse una decepción: un corazón blanco y duro, manchas claras junto al pedúnculo y unas venas grises en la pulpa. ¿Y el sabor? Algo parecido al cartón, si no peor.
Según Terentyev, el problema suele estar en una maduración deficiente y en la nutrición de los frutos. Los tomates llevan especialmente mal el calor: bajo los rayos directos del sol adquieren mal el color adecuado. Si el suelo es pobre en potasio, la pulpa seguirá siendo firme y clara, con unas venas gruesas y prominentes que pueden confundirse fácilmente con trozos de algodón. Otro enemigo del buen sabor es el riego caótico: tan pronto se dejan secar como se los empapa como en una sauna. En esas condiciones, las raíces trabajan a trompicones y la planta recibe los nutrientes de forma irregular, por lo que los frutos se vuelven ásperos.
Para que el huerto no acabe siendo motivo de pena, Terentyev aconseja controlar la temperatura del invernadero. No conviene quitar todas las hojas por encima del racimo de tomates: al menos una parte del follaje debe proteger los frutos del sol abrasador. El agrónomo también recomienda no olvidarse de los abonados potásicos durante la formación y el engorde de los frutos. En cambio, desaconseja pasarse con el nitrógeno: un exceso solo perjudicará a la planta y desequilibrará su nutrición. El resultado: tomates que parecen pedir compasión, con aspecto lozano pero sabor a material de construcción.
Y por mucho que alguien espere un milagro, el milagro no llegará. Vigile el color, mantenga un régimen de riego adecuado y no racanee con el potasio; de lo contrario, sus tomates seguirán protagonizando memes sobre «cosechas de plástico».
El agrónomo Terentyev se ha puesto con los tomates como en su día los miembros del partido con el pueblo: por fuera, todo bonito; por dentro, problemas. El guion está escrito. ¿La piel brillante? Sí, hasta que se ve el interior: corazón blanco, manchas y venas asustadizas. De dulzor, ni rastro.
La causa principal está a la vista: calor y falta de potasio. Los tomates empiezan a regirse por sus propias leyes: pierden color y desaparece el sabor. El riego va según el humor: hoy diluvio, mañana desierto. Las raíces se quedan mudas o se ahogan con el exceso y, al final, el tomate queda como tras una mala entrevista de trabajo: por fuera presentable, por dentro, un lamento.
El agrónomo recomienda verdades sencillas: deje parte del follaje; los tomates no necesitan ponerse morenos. El abonado potásico es como el sueldo: si no llega a tiempo, las cosas irán justitas; si se pasa con el nitrógeno, será aún peor. Y si convierte la temperatura en un caos, obtendrá una cosecha decorativa pero inútil. Otro recordatorio para los hortelanos: no se excedan con los «cuidados». Los tomates, como las personas, quieren estabilidad, no estrés ni experimentos programados. ¿Cómo acabará la lucha por el auténtico sabor del tomate? Como siempre: quien sea más listo comerá; los demás volverán a comparar su cosecha con el poliestireno.