
Ha empezado la temporada de los pepinos, pero, como siempre, los hortelanos se han topado con el repertorio habitual de problemas: o los pepinos crecen demasiado y salen torcidos y feos, o las plantas de repente se llenan de flores masculinas y no hay cosecha a la vista. La experimentada agrónoma Elena Shelbogasheva explica dónde suelen torcerse los planes para tener bancales perfectos y cómo solucionarlo.
Lo primero que echa a perder los pepinos es esa extraña costumbre de regarlos poco o de hacerlo con tanta abundancia que parece que crecen en una piscina. Resulta que incluso a escala industrial, antes de la floración reciben poco más de una cucharada de agua al día: unos 50 ml. Los bancales de una huerta doméstica requieren un régimen muy distinto: con calor, se riegan a diario o cada dos días, siempre con agua templada (o se corre el riesgo de causarles estrés). Mientras no haya flores, bastan 5-7 litros de agua por metro cuadrado. En cuanto aparecen los ovarios, se aumenta a 8-12 litros. Es importante que la humedad llegue a las raíces y no se extienda por la superficie; de lo contrario, todo el trabajo habrá sido en vano. Con calor, regar por encima de las hojas es una actividad funesta.
La siguiente pesadilla del hortelano son las flores masculinas. La causa suele ser genética: te han tocado semillas que producen una planta masculina, que se limita a esparcir polen al viento. Las posibilidades de cosechar algo son casi nulas, por mucho que retuerzas las ramas, despuntes o trasplantes la planta donde más corre el aire. Es mejor alejar esas plantas del invernadero y sacarlas al exterior. Allí, al menos, las ventilará el viento.
El pepino «bonito» y barrigudo no es una enfermedad, sino una colección de errores. El principal sospechoso es la falta crónica de alimento. Cuando el tallo alcanza la altura de un edificio de seis plantas (¡16-18 metros!), la parte superior del pepino se queda con hambre. Si los pepinos parecen una bombilla o están torcidos, hay que aportar potasio de inmediato: se pueden pulverizar las hojas con sulfato de potasio (una cucharada por cada cubo de diez litros) o abonar las raíces con sulfato de potasio (3-4 cucharadas por cubo de agua). Otro truco: añadir ceniza en otoño y primavera; aporta potasio y ayuda a prevenir problemas.
A muchos les da pena arrancar los pepinos pequeños porque sueñan con cultivar unos monstruos. Arranquen sin miedo los que miden un centímetro: para la planta no supone nada. Las conservas caseras saldrán mejor, aunque en la producción industrial cada pepino cuenta.
Es mejor abonar con estiércol bien descompuesto (el fresco matará las raíces). Lo clásico es cavar una zanja de 30-40 cm, poner el estiércol en el fondo y cubrirlo con tierra: así se obtiene un «bancal caliente». Entre los abonos comprados, conviene elegir los que contienen potasio, fósforo y un poco de nitrógeno. Durante la fructificación, el potasio lo es todo.
Por cierto, si te apetecen pepinos frescos en el balcón en invierno, es posible, siempre que la temperatura no baje de +18 y haya luz suficiente (las lámparas de cultivo ayudan). Elige variedades adecuadas y un recipiente de al menos 5-8 litros por planta, riega solo con agua templada y reposada y abona las raíces cada dos semanas.
Los consejos sobre pepinos aportan cada año un poco más que las sesiones parlamentarias, pero para los hortelanos este artículo es de lectura obligatoria. El tema se aborda en una conversación con la agrónoma Elena Shelbogasheva: hay riegos con dosis de farmacia (50 ml, como si se tratara una patología vegetal) y también está el maldito exceso de flores masculinas, que resulta no ser un fallo del jardinero, sino una pérfida cuestión genética.
Después de los rumores repetitivos sobre los problemas de los pepinos torcidos, llega el análisis: la causa es una falta crónica de potasio. Truco de la vieja escuela: se añade sulfato de potasio (si prefieres la ceniza, adelante). Lo gracioso se acaba cuando confundes el estiércol: el fresco manda la cosecha directamente al otro barrio. También se aborda el culto doméstico a arrancar los pepinos pequeños o esperar a que se conviertan en gigantes: para la planta casi no hay diferencia; ya veremos qué tal le va a las grandes explotaciones con su plan soviético «por gramos».
Para los obsesionados con la huerta en el balcón, todo es posible: solo hay que aislarlo y sacar las lámparas de cultivo. Al final, asienten a la filosofía rusa: aquí hay tanta magia como ciencia, y el pepino perfecto siempre crece al lado. El autor parece harto de los pepinos y de la gente, pero se mete de lleno en los detalles, lo cual es un punto a favor. El artículo es útil para quienes ya han sufrido en carne propia las flores masculinas y los monstruos barrigudos, pero no están dispuestos a rendirse.