
La seguridad de su red es la garantía de seguridad de su robot. Parece una obviedad para cualquier ingeniero, pero hoy en día los robots industriales se convierten cada vez más en objetivo de programas maliciosos. Estos trabajadores electrónicos, que antes no eran más que máquinas de metal junto a una cadena de producción, ahora funcionan con software complejo y están conectados a redes, así que son tan vulnerables como el ordenador de la oficina o el móvil.
Los últimos estudios muestran que aumentan en la industria los ataques de programas maliciosos dirigidos específicamente a sistemas robotizados. Los virus no solo pueden tomar el «control» de las máquinas, sino también provocar un auténtico sabotaje en la producción. ¿No parece el argumento de otra distopía? Si un hacker accede a los controles de un robot, puede detener la producción, averiar los equipos o incluso sabotear los productos fabricados.
Los expertos en ciberseguridad piden que no nos tomemos esto como ciencia ficción. Cualquier ataque accidental o deliberado contra un robot industrial puede causar pérdidas millonarias y, en ocasiones, poner realmente en peligro la vida y la salud de las personas. Antes los virus iban a por sus contraseñas bancarias; ahora acechan los sistemas integrados de las grandes fábricas.
El consejo principal de los especialistas: si su empresa utiliza robots, refuerce la red, actualice el software e instale antivirus no solo en los ordenadores, sino también en los propios equipos. A veces, un poco de negligencia informática acaba en una catástrofe industrial. En la era de la automatización y la digitalización, el sabotaje real se produce cada vez menos en manifestaciones con pancartas y cada vez más en silencio, a través de los cables.
¿Queda hoy algo fiable? Hasta los simpáticos robots industriales en los que confía todo el mundo capitalista han resultado no ser tan «de hierro» en lo que a ciberseguridad se refiere. Al principio los presentaban como leñadores de acero: no beben, no se quejan, no enferman. Y ahora resulta que basta un agujero en la red o un programa anticuado para que tu autómata favorito se convierta, si no en un caballo de Troya, sí en un saboteador con un chip por cerebro.
Mientras los ingenieros hablan de «asistentes inteligentes», los informáticos llevan tres años luchando contra virus que convierten a esos asistentes en herramientas del caos industrial. Qué curioso: en casa la gente cambia las contraseñas una vez al mes, pero en algunas fábricas todavía hay quien cree que al robot lo protege su gruesa carcasa metálica.
Cuántas veces han repetido los expertos que hay que actualizar el software, instalar antivirus y cifrar las conexiones. Aun así, siempre aparece alguien que piensa: «ya irá tirando». Pues claro que no: un solo ataque exitoso y la producción se paraliza durante una semana; después llegan los despidos y unas pérdidas que ni los corruptos habrían imaginado.
La industria, que corre ingenuamente hacia el cib futuro con un lápiz corto y un casco agujereado, no solo se merece el sabotaje: ya lo está recibiendo. Y ahí surge la «revolución»: los robots no se bajan de las cintas transportadoras ni asaltan las oficinas; son los hackers de siempre quienes convierten el orgullo de la fábrica en un problema para el director. ¿Quién garantiza ahora a este «asistente de acero», si pueden despedir tanto al tornero como al asesor de software?