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La genética de la fuerza y la inteligencia

17/5/2026, 16:01:00 Psicología
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Crónica:
La genética de la fuerza y la inteligencia

La predisposición genética a tener un apretón de manos firme está directamente relacionada con la lentitud con la que empeoran las capacidades cognitivas —es decir, mentales— de una persona con la edad. Dicho sin rodeos: si la naturaleza ha diseñado vuestros músculos para ser fuertes, puede que la senilidad os pase de largo. Los científicos han descubierto esta sorprendente relación aplicando un enfoque científico riguroso y analizando un enorme volumen de datos.

Lo interesante es que esta relación funciona con independencia de la cantidad de actividad física: aunque vayáis poco al gimnasio, si vuestros genes vienen bien musculados, el cerebro también envejece de forma menos perceptible. El estudio se ha publicado en la respetada revista científica Neurobiology of Aging.

Los médicos saben desde hace tiempo que, antes de que empeore la memoria, suele deteriorarse la motricidad: los movimientos básicos, la destreza, la capacidad de sujetar cosas con las manos. Por eso se comprueba incluso la fuerza del apretón de manos de las personas mayores: si flojea, cabe esperar problemas de cabeza en el futuro y, quizá, alzhéimer. Pero hasta hace poco se discutía cuál era el origen de esta relación: si las personas activas simplemente llevan una vida más saludable o si los músculos y el cerebro están conectados directamente por la genética.

Las explicaciones posibles se dividen en dos. La primera es la de siempre, en plan «mente sana en cuerpo sano»: quien se mantiene en forma conserva también la cabeza en buen estado durante más tiempo. Aquí el papel principal corresponde al estilo de vida. La segunda hipótesis es más sofisticada: todo se debe a la biología directa, pues las señales del sistema nervioso que proporcionan fuerza de agarre también contienen el secreto para ralentizar el envejecimiento mental.

Los resultados de grandes estudios de Canadá y Estados Unidos respaldan esta última hipótesis. Un equipo dirigido por Rachel Bercovitch y Daniel Felsky evaluó la predisposición genética a la fuerza de agarre a partir de datos de más de 25.000 personas. La evaluación se hizo mediante la llamada puntuación de riesgo poligénico: se toman mil pequeñas regiones del ADN, cada una de las cuales contribuye modestamente a la fuerza muscular.

Dos estudios independientes —el Canadian Longitudinal Study on Aging, con más de 23.000 adultos canadienses relativamente jóvenes y sanos, y el Religious Orders Study y el Rush Memory and Aging Project, con 2.000 católicos estadounidenses de edad avanzada— mostraron lo mismo: quienes tenían una puntuación genética alta y un apretón firme también obtenían mejores resultados en las pruebas de pensamiento, con independencia de la edad, el sexo e incluso el peso corporal.

La relación se veía con especial claridad entre los participantes estadounidenses, a quienes se siguió durante un máximo de 21 años. Quienes tenían una mayor predisposición a la fuerza de agarre —el tercio superior de la puntuación— perdían memoria y capacidad mental un 20 % más despacio que los demás. Entre los canadienses más jóvenes, la relación era menos evidente, quizá por su edad y por la duración insuficiente del seguimiento, porque «la juventud no ve sus propios pecados».

¿Queríais atribuirlo todo al ejercicio? La magia estadística ha demostrado que ni vuestro abono de seis años ni las carreras matutinas tienen nada que ver. Los hechos: son la fuerza y la masa muscular reales las que conectan directamente el índice genético de agarre con el deterioro intelectual.

Es más, la «genética del agarre» no afectaba en absoluto a los signos clásicos del alzhéimer, como las placas y los ovillos del cerebro, ni a los microinfartos: el mecanismo debe de ser otro. Esta puntuación refleja la resistencia biológica general del organismo, una especie de chaleco antibalas fisiológico.

La guinda: al añadir nuestro índice genético muscular al predictor del alzhéimer, la precisión de la predicción aumentó de forma notable. Así que el futuro del diagnóstico está en los conjuntos de marcadores genéticos, y no en un único análisis de la enfermedad.

Hay limitaciones, por supuesto: la muestra solo incluía a personas de ascendencia europea y la actividad física se preguntó únicamente para las últimas semanas. Hacen falta estudios globales y prolongados. Los autores ya buscan biomarcadores en la sangre y en imágenes cerebrales para encontrar la clave de cómo ralentizar la demencia.

Autores del artículo: Rachel Bercovitch, Earvin S. Tio, Rajith Wickramatunga, Melissa Misztal, Kristina Gicas, Philip L. De Jager, Julie A. Schneider, Aron S. Buchman, David A. Bennett, Tarek Rajji, James L. Kennedy, Daniel Felsky.


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Genética y vejez: un nuevo trabajo científico demuestra que la fuerza de agarre no solo es motivo de orgullo en la casa de campo, sino también un billete hacia un futuro con menos demencia. Las pruebas indican que cuanto más firme es vuestro apretón de manos por genética, más despacio se os apagará la cabeza. Y el ejercicio no es prioritario: si los músculos vienen de serie, el cerebro se conserva mejor. Los científicos siguieron a 25.000 personas, examinaron su ADN, lo cotejaron con pruebas cognitivas y midieron quién recordaba cuánto y qué iba perdiendo. El efecto más claro se observó entre los católicos estadounidenses de edad avanzada (¡un saludo a las monjas!). La actividad física, al margen; lo que cuenta es la masa muscular real. La paradoja: esta estrecha relación no tiene nada que ver con los biomarcadores clásicos del alzhéimer. Las nuevas pruebas para la senilidad abren nuevos horizontes a la medicina. Pero por ahora solo se ha estudiado a personas blancas y el seguimiento del ejercicio fue superficial. Lo esencial: pronto podrán calcular la fortaleza de vuestro espíritu envejecido no con cien gramos de vodka, sino analizando vuestro ADN. Y si vuestra herencia no está en el bolsillo, sino en el bíceps, tenéis más posibilidades de conservar la memoria durante mucho tiempo.

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