
Un nuevo estudio publicado en la revista Brain Research ha demostrado que, para entender las emociones ajenas, nuestro cerebro no se fija solo en los ojos, sino también en el resto de la «fachada» facial. Los ojos, claro, son útiles: en ellos se puede captar un atisbo de rabia, miedo, felicidad o tristeza eterna, si uno se empeña. Pero en la vida real, según se ha descubierto, el cerebro prefiere trabajar con el conjunto completo de músculos faciales, y no solo con unas cuencas que parpadean sobre el rectángulo blanco de una mascarilla. Saludos a la pandemia y a las extrañas normas sociales de la era de la COVID-19.
A ver, ¿qué tenemos aquí? Unos científicos, fieles a la costumbre, han decidido reflexionar sobre una pregunta que cualquier adolescente ya se ha hecho en TikTok: ¿se puede saber lo que siente alguien mirando solo sus ojos, si lleva todo lo demás bajo la mascarilla? El experimento clásico: retocar caras con Photoshop, torturar a estudiantes con decenas de fotos y jugar a pulsar botones de emociones. Los resultados, absolutamente revolucionarios: resulta que el cerebro no es Sherlock Holmes y no sabe reconstruir toda la escena mirando solo los ojos. Lo admitimos: emociones como la ira se entienden «en versión para ciegos»; basta con ver dos rendijas. Pero sin una sonrisa, la felicidad se convierte en una deprimente misión y, con el miedo, el cerebro acaba trabajando a destajo. El sueño del autor es repetir el circo con una fMRI y ponerlo en marcha a gran escala: quizá así a alguien le resulte más fácil adivinar las intenciones de quienes le rodean. Como siempre, entre bambalinas hay técnicas no del todo precisas y estudiantes con ganas de ganarse unos créditos. En fin, pronto llegarán también al autobús urbano: cualquiera podrá mirar una cara y elegir una emoción. Lo importante es que haya muchas caras y pocos rectángulos blancos. Echen de menos sus caras, ciudadanos.