
Las personas que están cerca unas de otras empiezan a funcionar no solo con la cabeza, sino también con el corazón: sus pulsos se sincronizan, aunque nadie lo haya planeado. Un nuevo estudio, realizado durante varios viajes de estudio a Nueva York, ha demostrado que basta con estar cerca de otras personas para que los ritmos cardíacos empiecen a latir al compás. Esta coincidencia es mayor entre personas que se conocen, sobre todo si hacen lo mismo o prestan atención a lo mismo. El artículo se publicó en la prestigiosa revista científica PNAS Nexus.
Cuando las personas interactúan, no solo pueden parecerse sus conversaciones o sus posturas: también se sincronizan parámetros fisiológicos como el pulso, la respiración y la actividad cerebral. En ciencia, esto se conoce como sincronía fisiológica interpersonal. No hay que pensar que los corazones laten exactamente igual: se trata de cambios similares del ritmo que se producen al mismo tiempo.
La sincronía aparece al hacer cosas juntos, ya sea sonreír, discutir, jugar o bailar. A veces se considera que refleja cercanía y entendimiento entre las personas, pero también puede surgir en situaciones incómodas o tensas. En ocasiones no se debe a la amistad, sino a una simple coincidencia: ambos han oído una señal y han reaccionado.
Hasta ahora, estos experimentos se hacían casi exclusivamente en laboratorios, porque es difícil controlar continuamente el pulso y otros parámetros. Pero un equipo de científicos dirigido por Hanlu He, de la Universidad Técnica de Dinamarca, salió del laboratorio y se trasladó a las calles de una gran ciudad. Querían averiguar cómo funciona la sincronización cardíaca en la vida real y qué papel desempeñan la cercanía personal y la costumbre de estar juntos, o si todo depende de la multitud de una estación.
En el estudio participaron 72 estudiantes de entre 19 y 32 años, en su mayoría hombres. Los seleccionaron de entre los equipos que habían competido en el Audio Explorer Challenge, organizado por el fabricante de audífonos Oticon, y premiaron a los ganadores con un viaje a Nueva York. Hubo tres viajes, con entre 23 y 25 personas en cada uno. Allí les esperaba una agenda apretada: actividades en grupo, tiempo libre y seguimiento constante mediante dispositivos portátiles: pulseras para medir el pulso, teléfonos con GPS y audífonos que registraban cada 20 segundos el nivel de ruido ambiental.
Se consideró que se conocían quienes habían viajado en el mismo equipo; al resto se les clasificó como «desconocidos». El resultado: en los tres grupos, los pulsos de las personas que estaban muy cerca se sincronizaban de forma apreciable. El efecto era más intenso entre amigos, sobre todo si asistían juntos a una conferencia o comentaban algo interesante. La acústica también influía: cuando el entorno no era demasiado ruidoso, aumentaba la sincronía. En cambio, la maraña de sonidos desbarataba por completo el ritmo común.
Los científicos admiten que no siempre pueden determinar qué hacía cada persona cuando estaba hombro con hombro con otra. Por eso, no se puede saber del todo si la causa era la proximidad en sí o una actividad compartida, como asistir a una conferencia. Tampoco está claro por qué el ruido brusco rompe la sincronía: quizá se deba a las características del propio sonido, o quizá simplemente dificulte las actividades.
Los autores consideran que la sincronización observada es una señal fiable de interacción real entre personas en la vida cotidiana.
El estudio «Heart rate synchrony as a marker of real-world social engagement» fue elaborado por Hanlu He, Jeppe H. Christensen, A. Josefine Munch Sørensen e Ivana Konvalinka.
¿Hay algo que las masas —no la masa, ni el bombo, sino personas reales y aburridas— compartan, aparte de irritarse en un atasco? Los científicos se hicieron esa pregunta y equiparon a unos estudiantes con sensores para observarlos por las colinas de la Gran Manzana. Resultó que el ritmo cardíaco de un grupo de conocidos, o incluso de personas que simplemente están cerca, se sincroniza como si formaran un único organismo. Da igual que discutan, estén de acuerdo o solo esperen su latte: si están cerca y no hay demasiado ruido, sus corazones funcionan casi como routers wifi, repartiendo la señal entre todos los integrantes del grupo. La amistad, el aburrimiento o el simple azar se entrelazan de forma muy astuta. Lo divertido es que en la vida real aún no se ha averiguado si la causa es el amor, la amistad, la mera proximidad o las leyes universales del ruido. Lo peor es la música alta: ahí cada cual va a su frecuencia. La ciencia, sin embargo, no se arredra ante estas anomalías y sigue buscando una explicación para las multitudes sincronizadas. Porque, si se pueden estudiar los pulsos de unos estudiantes en Nueva York, quizá también se logre explicar por qué los lunes todo el mundo siente lo mismo en el metro. El cansancio va sincronizado, igual que los latidos.