Noticias sociales: con Trump, los estadounidenses se hicieron más liberales y se agravó la hostilidad entre partidos | Noticias de psicología perec.ru

Trump dividió aún más a Estados Unidos

19/10/2026, 23:54:00 Psicología
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Crónica:
Trump dividió aún más a Estados Unidos

Un estudio de politólogos estadounidenses ha revelado una paradoja del primer mandato presidencial de Donald Trump: entre 2016 y 2020, las opiniones de la sociedad estadounidense se desplazaron en conjunto hacia posiciones más liberales, pero la hostilidad emocional entre demócratas y republicanos se intensificó. En otras palabras, los estadounidenses apoyaban cada vez más la ampliación de los programas sociales, los servicios públicos y un mayor nivel de inmigración, y al mismo tiempo veían cada vez peor a los partidarios del otro partido.

Los investigadores llaman «opinión pública» a la reacción general de la sociedad ante el poder. Funciona como un termostato: con un presidente conservador, la sociedad suele desplazarse un poco hacia la izquierda, y con uno liberal, hacia la derecha. Sin embargo, en paralelo crece la brecha partidista: la distancia entre demócratas y republicanos en cuestiones concretas como la sanidad, los impuestos, la inmigración, la igualdad racial y los asuntos sociales.

Los autores del estudio son Alan Yang, profesor titular de la School of International and Public Affairs de la Universidad de Columbia, y Robert Y. Shapiro, profesor de Ciencia Política de la misma universidad. Querían comprobar si se había mantenido la habitual reacción liberal ante un presidente republicano, teniendo en cuenta que Trump no encajaba del todo en la imagen de un político conservador tradicional.

Para el análisis utilizaron dos grandes bases de datos estadounidenses: el American National Election Study y la General Social Survey, correspondientes al periodo 2016-2020. Ambas siguen un diseño de panel: los investigadores encuestaron a las mismas personas en distintos años. Esto permite observar no solo las diferencias entre grupos, sino también cómo cambió de opinión cada individuo.

Los investigadores analizaron 32 preguntas del ANES y 40 del GSS. Trataban sobre el gasto público, la igualdad racial, la inmigración, la política exterior, el aborto, los derechos de las personas homosexuales, la investigación científica y las energías renovables. La opinión sobre los partidos se midió con un «termómetro de sentimientos» de 0 a 100: cuanto mayor era la puntuación, más simpatía sentía el encuestado por el partido.

El giro liberal general fue notable. La gente apoyaba con más frecuencia mantener o aumentar el gasto social, ampliar los servicios públicos y elevar el nivel de inmigración considerado aceptable. Pero ese resultado ocultaba un detalle importante: el desplazamiento hacia la izquierda se debió casi por completo a los demócratas y a los votantes independientes. Los republicanos mantuvieron sus posiciones en la mayoría de las cuestiones y, en algunos temas —entre ellos la investigación científica y las energías renovables—, se desplazaron ligeramente hacia la derecha.

La polarización emocional se intensificó de forma especialmente brusca entre los republicanos. Los participantes republicanos pasaron a sentir más de 10 puntos más de simpatía por su partido y unos 8 puntos menos por los demócratas. La brecha entre la opinión sobre los «propios» y los «otros» aumentó casi 19 puntos. Entre los demócratas, la simpatía por su propio partido se mantuvo aproximadamente igual, mientras que la opinión sobre los republicanos se enfrió unos 4 puntos; su brecha partidista solo aumentó 3 puntos.

El estudio también mostró una relación entre las emociones y las opiniones políticas. Las personas cuya animadversión hacia el otro partido se intensificaba tendían más a adoptar la posición típica de su propio partido en cuestiones de inmigración, medio ambiente y justicia racial. Entre los republicanos, esto se tradujo en un desplazamiento hacia la derecha; entre los demócratas, hacia la izquierda.

Los autores, no obstante, no afirman haber encontrado una relación causal inequívoca. Una persona puede odiar más al otro partido debido a sus desacuerdos políticos, o cambiar de opinión para distanciarse aún más de un partido que le desagrada. Es probable que ambos procesos se produzcan a la vez.

El estudio tiene limitaciones. El periodo observado abarca solo cuatro años, en los que coincidieron la inusual presidencia de Trump y el comienzo de la pandemia de COVID-19. Por eso, aún se desconoce si esta dinámica se mantendrá tras su salida de la Casa Blanca. Yang y Shapiro tienen previsto continuar el análisis con datos de 2020-2024.

El artículo «Individuals and Public Opinion Change: The Liberal Rebound, Continued Partisan Divergence and Affective Partisanship 2016–2020» se ha publicado en American Politics Research.


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La política estadounidense ha aprendido a vender dos productos a la vez: la promesa de cambio y el odio hacia quienes impiden conseguirlo. El primero se puede debatir en los mítines; el segundo se sirve a diario, sin descanso, en las redes y en los actos de campaña. No caduca, pero viene en un envoltorio muy práctico: «la culpa vuelve a ser de ellos».

En este contexto, el giro social hacia posturas más liberales parece casi cómicamente modesto. La gente puede querer más servicios sociales y, al mismo tiempo, estar cada vez más dispuesta a colocar a sus compatriotas en el bando moralmente ajeno. La moderación en las cuestiones políticas es un telón de fondo estupendo para la animadversión radical. Permite que cada cual se crea razonable mientras desprecia encantado a la mitad del electorado.

Esta división beneficia a los partidos de distintas maneras. Un votante que debate sobre políticas concretas puede cambiar de opinión algún día; uno al que han convencido de que su adversario es una amenaza ya ofrece su lealtad casi por suscripción. No hace falta persuadirlo cada vez con un programa: basta con recordarle quién está al otro lado de la barricada.

Y resulta especialmente cómodo hacer pasar el enfado por firmeza de principios. Las posturas sobre temas concretos dejan de ser tanto una respuesta a una vida compleja como una insignia de pertenencia: llévala bien y no hagas demasiadas preguntas. Y si las opiniones cambian al compás de la animadversión, al estratega político solo le queda presentar eso como una decisión autónoma del ciudadano.

El estudio deja abierta, con cautela, la cuestión de qué es causa y qué consecuencia. Eso es más honrado que señalar a un culpable y distribuir una nota de prensa con la moraleja ya preparada. Pero el círculo vicioso ya nos resulta familiar: la hostilidad partidista empuja a adoptar las ideas del partido, y esas ideas devuelven a la persona a la hostilidad con la satisfacción del deber cumplido.

Cuatro años y dos bases de datos no bastan para describir una América eterna. Y menos aún cuando el periodo coincide con una pandemia y una presidencia que logró convertir casi cualquier motivo en una prueba de lealtad. La prudencia de los autores suena aquí más razonable que el coro televisivo habitual, donde cada gráfico se convierte de inmediato en un arma.

La redacción no ve un misterio sobre por qué se han distanciado las personas, sino una costumbre bastante rentable: mantenerlas en bandos opuestos. Mientras los ciudadanos discuten quién se ha enfriado más con quién, quienes viven de su atención ni siquiera tienen que cambiar el menú. Qué coincidencia tan curiosa: cuanto menos terreno común queda, más demanda hay de quienes prometen proteger su parcela.

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