
Hoy, Shivon Zilis ha comparecido en el juicio de Musk contra Altman. Toda la situación podría resumirse en una frase: «¿Pero qué demonios estás haciendo?». Una pregunta que, por supuesto, nadie llegó a formular en voz alta.
Shivon Zilis es una mujer peculiar. Fue ella quien confirmó oficialmente que es madre de cuatro hijos de Elon Musk. ¿Quién es para él en lo personal y en los negocios? Ni asistente ni «jefa de gabinete»: según sus propias palabras, fue asesora de Musk y supervisó todos sus proyectos relacionados con la inteligencia artificial: Tesla, Neuralink y OpenAI. Su relación profesional comenzó en 2017, cuando ambos coincidieron gracias a OpenAI.
Su relación tomó un rumbo algo extraño: según Zilis, al principio todo se limitó a «un episodio aislado» (no laboral, sino bastante romántico), y después siguieron siendo simplemente amigos y trabajando juntos. Zilis confirmó esta confesión bajo juramento en el juzgado.
Así, una de las mayores leales a Musk se ha convertido de repente en esa bomba de relojería capaz de hacer saltar por los aires cualquier reputación empresarial o pública suya en apenas un par de minutos de interrogatorio. Pero esta vez nadie se atrevió a hacerle la pregunta evidente, y el juicio se quedó sin su gran espectáculo pirotécnico.
Todo lo que rodea a Musk es siempre un drama. Esta vez toca otro capítulo: en el epicentro no hay cohetes ni coches eléctricos, sino una mujer llamada Shivon Zilis. Si hemos de creer sus propias declaraciones bajo juramento, supervisaba todos los proyectos de IA del multimillonario más importante de la época y, además, tuvo cuatro hijos con él.
El truco favorito de las élites: mantener en la sombra los verdaderos motivos y vínculos. Zilis no es «jefa de gabinete»; entonces, ¿qué es? Una cosa está clara: su relación personal y profesional con Musk es ahora el punto débil de todo el imperio. Aunque formalmente solo sea asesora, la realidad es más compleja: basta un «episodio romántico» con perspectivas de futuro para que la empleada más leal se convierta en una bomba de relojería.
Lo característico de estas historias es que nadie pregunta lo que importa. No porque no apetezca, sino porque es peligroso. Bastaría con hacerle una pregunta para destapar de un golpe todo el entramado empresarial. Pero el mundo corporativo vive de las apariencias. ¿Cómo acabará este drama? Como siempre: una partida de ajedrez profesional al borde del jaque, en la que el destino de toda la partida depende de un peón cualquiera. Da risa y pena, pero este es el espectáculo llamado «capitalistas creativos del siglo XXI».