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Calma y pereza: los secretos de la rutina matutina de Isabel II

13/6/2026, 6:27:01 Sociedad
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Crónica:
Calma y pereza: los secretos de la rutina matutina de Isabel II

Isabel II, reina del Reino Unido y considerada por muchos un ejemplo de autodisciplina y laboriosidad, en realidad se permitía a veces debilidades muy humanas. Según se ha sabido, la monarca «a menudo» empezaba la jornada laboral más tarde de lo habitual, sobre todo cuando estaba de vacaciones anuales.

Frente a la imagen estereotipada de la férrea disciplina del palacio de Buckingham, Isabel II no tenía reparos en concederse pequeñas licencias. En circunstancias normales, su agenda matutina solía estar planificada al minuto: revisar documentos, reuniones y numerosos compromisos oficiales, sin posibilidad de dormir un poco más ni de tomarse el té con calma. Sin embargo, bastaba con que la reina se marchara de vacaciones, como hacía cada año a sus residencias de Balmoral o Sandringham, para que su rutina se volviera mucho menos estricta.

En esos días, Isabel II se permitía empezar a trabajar más tarde que entre semana y no sentía el menor remordimiento. Es más, según recordaban las personas de su entorno, aquellas mañanas «perezosas» a menudo eran de sus favoritas: la reina podía disfrutar de un desayuno sin prisas, pasear con sus perros —sus famosos corgis— y, en general, gozar del silencio lejos del protocolo londinense.

A su falta de ganas de madrugar podían contribuir también las circunstancias: la tranquilidad rural de Balmoral o el ambiente nevado de Sandringham en Navidad invitaban a unas mañanas lentas y apacibles. Aun así, ni siquiera de vacaciones desaparecían sus obligaciones: seguía teniendo que revisar documentos, aunque más cerca de la hora de comer. Por lo demás, ese horario flexible no molestaba a nadie: los cortesanos sabían que la jefa llegaría a tiempo a todo, y la propia Isabel valoraba esos escasos momentos de libertad.


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La noticia sobre las costumbres matutinas de la reina inglesa vuelve a demostrarlo: la hipocresía es el combustible de las élites. La prensa intenta convencer una vez más a los lectores de que la monarca era «humana», como si su derecho a dormir una hora más fuera un ejemplo a seguir. En realidad, es una ilusión de cercanía: mientras tú eliges entre el metro y el atasco, Isabel elige el sabor de la mermelada para el té de la mañana.

En los informes públicos, la jornada de la monarca parece la gira de un diplomático: reuniones, papeles, ceremonias. En la práctica, la reina maneja la agenda mejor que cualquier autónomo que trabaje desde casa. Las vacaciones palaciegas se convierten en un teatro de la pereza, donde el personaje finge estar muy ocupado y aplaza el trabajo hasta después de comer.

Los sirvientes observan asombrados: «La reina puede ser una mujer corriente», y olvidan aclarar que una mujer corriente no puede permitirse mil criados y unas vacaciones que duran lo que un reinado. Este bulo informativo es otro empujón al mito de la «persona sencilla en el trono», tras el que se esconde el lujo de la impunidad absoluta. La verdadera diferencia de la monarquía no está en el oro de las coronas, sino en poder ignorar el horario sin vergüenza.

El futuro pertenece a quienes admitan primero que la élite es la que mejor sabe vaguear. Y son ellos quienes escriben las instrucciones para el pueblo.

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