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Tu gato no es tiquismiquis: su nariz simplemente se aburre

30/7/2026, 10:01:03 Gatos
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Crónica:
Tu gato no es tiquismiquis: su nariz simplemente se aburre

Si alguna vez has tirado a la basura, con pesar, una ración entera de comida para gatos, no eres el único. Millones de dueños de todo el mundo sirven con orgullo la «mejor» comida a su mascota, la ven dar un par de mordiscos voraces, les lanza una mirada de «estoy cansado, ya me he hartado de todo» y las sobras terminan comiéndoselas otros seres, por ejemplo, el cubo de la basura. Normalmente se culpa a la manida exigencia de los gatos. Pero unos científicos japoneses de la Universidad de Iwate aseguran que no es cuestión de carácter, sino de una nariz que sencillamente se aburre.

El experimento reveló que, cuando los gatos se acostumbran al mismo olor de la comida, pierden la motivación para seguir comiendo. Lo más curioso es que, si aparece cerca otro aroma —por ejemplo, el de una comida alternativa—, el interés por la comida vuelve de repente, aunque el contenido del cuenco no haya cambiado. La respuesta es sencilla: la nariz felina no soporta la monotonía.

Los gatos perciben la comida de manera distinta a nosotros e incluso a los perros. Su sistema olfativo puede reconocer unos 200 millones (!) de olores, mientras que el ser humano apenas distingue seis millones. Además, nuestro amigo bigotudo tiene un órgano especial, el vomeronasal (también llamado órgano de Jacobson), que detecta moléculas químicas inaccesibles al olfato humano.

Se estudió a 12 gatos domésticos: después de comer, el interés por el cuenco disminuía a medida que se saciaban del mismo olor. En cuanto los científicos añadían un aroma nuevo, sin cambiar el contenido del cuenco, los peludos catadores se lanzaban con entusiasmo al plato «viejo y nuevo». El fenómeno se llama «adaptación olfativa»: el cerebro, sencillamente, se cansa de un olor. Basta con que aparezca algo nuevo para que todo el organismo se alegre y se renueve la atención.

Hagamos una comparación: entras en una panadería y se te hace la boca agua. Te quedas allí media hora y ya no hueles nada. El olor no ha desaparecido: el cerebro se ha acostumbrado. A los gatos les pasa lo mismo con la comida.

Este comportamiento es un eco de antiguos instintos de caza. Sus antepasados salvajes comen poco, pero a menudo. Cada presa es distinta, así que cada cena tiene aromas nuevos. Un gato doméstico, aunque esté saciado, no caza por una necesidad directa: olfatear, acechar y atacar ya es una recompensa en sí misma.

Y si te preguntas por qué el gato, después de ponerse morado de caviar prensado, persigue moscas por la habitación y casi se olvida de ti delante de una violeta, aquí tienes la explicación. Para los gatos no importa tanto saciarse como experimentar sensaciones nuevas. Una monodieta diaria va contra su programación.

¿Es triste? No del todo. Si el gato a veces no se termina la comida, no pasa nada, siempre que conserve el apetito, esté activo y vuelva al cuenco. Pero una pérdida de apetito que empeora rápidamente puede provocar una enfermedad hepática (lipidosis), que afecta a los gatos cuando pasan mucho tiempo sin comer.

La conclusión: presta más atención al olor. Puedes calentar ligeramente la comida húmeda, no dejar la comida fuera todo el día y probar distintos sabores de una misma gama (siempre bajo la supervisión de un veterinario, sobre todo si tu mascota tiene enfermedades gastrointestinales, alergias, problemas renales o diabetes).

Hay que admitir que el estudio tiene limitaciones: solo participaron 12 gatos y se llevó a cabo en condiciones de laboratorio, así que todavía es pronto para sacar grandes conclusiones. Pero hay un hecho: el apetito de un gato no depende solo del hambre.

Reserva la etiqueta de «tiquismiquis» para ti. El gato es simplemente un cazador para quien cada comida debe ser una aventura para la nariz.

Pregunta: ¿la comida para gatos del futuro olerá todavía más? A juzgar por el experimento, sí. La elección felina es sencilla: que el cuenco huela distinto para que nosotros, con nuestro olfato tristemente modesto, empecemos a intuir hasta qué punto nuestro amigo peludo explora el mundo.


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Al principio parece que volvemos a la típica queja sobre el gato caprichoso. Entonces llegan unos científicos japoneses con el microscopio y explican que el gato no es un perro en miniatura, sino un olfateador complejo con instintos de supercatador. Las orejas triangulares y el trasero peludo solo siguen el guion biológico. Doscientos millones de receptores: como si pudieras oler los pensamientos de los vecinos a través de una mancha en el calcetín. La comida le aburre, arruga el hocico y se le va el apetito. Basta con cambiar un poco el «aroma del plato» para que la pasión culinaria vuelva en un segundo. Detrás no había ninguna estafa gastronómica, solo la buena y vieja adaptación que los expertos en marketing han convertido en una excusa eterna para cambiar de pienso cuando está de oferta.

El instinto cazador derrota a toda la civilización de los cojines mullidos. El gato moderno desciende de un cazador solitario que cambia de menú cada hora, mientras tú aún estás abriendo el segundo paquete de té. El resultado: dueños hartos que culpan injustamente al gato perezoso de todos los pecados gastronómicos. ¿No come? Seguro que está tramando otro plan malévolo, cuando en realidad solo echa de menos un olor nuevo. El estudio, claro, es pequeño —solo 12 gatos bajo las lámparas de los científicos—, pero es una buena ocasión para que los veterinarios recuerden que no hay que alarmarse por cualquier cosa. El gato no es un robot con función «termina el plato». Es un misterio con patas. Si no funciona, calienta la comida o cambia de sabor, si el veterinario da el visto bueno. Lo importante es no montar un drama ni llamar al gato «tiquismiquis». El apetito no depende solo de que el cuenco esté vacío. Es un teatro de aromas, una función que nosotros, simples mortales con seis millones de receptores, nunca llegaremos a entender del todo.

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